La polea que explica los estertores dentro de Morena es la corrupción. ¿Por qué se suman los que huelen a otro corral y son recibidos como si fueran de angelical perfume? Porque, como en el régimen de antes, el motor del naciente es el trueque espurio.
Así, algo que podría poseer virtud política, incluso si abusa de pragmatismo, resulta mera transacción: me sumo porque no puedo quedarme sin el manto de la impunidad que ofreces, y ofrezco más que un voto, más que una vehemente defensa: transemos juntos.
Esa transa no me gusta, matarilerileró, contestan algunos dentro de Morena (no muchos, la verdad). Y si bien los unos reclaman porque creen que la cosa todavía tiene remedio, los otros lo que pretenden es detentar en sus cotos el monopolio de la discrecionalidad.
Pero, se sabe, la corrupción es de quien la trabaja. Sí, señoras y señores, a los corruptos se les puede acusar de muchas cosas, pero bastantes de ellos se emplean con denuedo en la no noble labor de idear cochupos, y en velar al cuidado de los réditos de los mismos.
Hubo un tiempo en que las alternancias fueron vistas como una bala de plata en contra del pacto de impunidad que caracterizó al PRI, ese sistema que alguien describió como “capaz de corregir los peores errores sin reconocerlos”*.
Perdía el PRI en un estado, ergo el PAN o el PRD –con mejor o peor eficacia– procedía a revisar las cuentas a los derrotados. Éramos felices y no lo sabíamos. Cayeron al bote algunos, y creímos que estaba naciendo una nueva cultura. La ilusión duró bien poco.
Y es que lo que medio pasó a nivel estatal fue un lujo que la élite política sepultó: las alternancias a nivel presidencial tienen en común, desde el año 2000, el pacto de déjame llegar sin más y vete con apenas unos raspones. Hasta AMLO le entró con Peñita.
Pero hete aquí que el que más prometió renovar la política –no mentir, no robar y no traicionar al ya saben qué– de repente como que dijo: es bien mal negocio ese de perseguir con la ley en la mano, mejor platicamos y los hacemos miembros del partido.
Así fue como se toparon, poco de azar y mucho de determinismo, el hambre y las ganas de comer. Como en la vieja Roma, a un senador le encargaron reclutar a adversarios y bien pronto tuvo de sobra; pero ya encarrerados, a los nuevos de la grey los hicieron VIP.
Qué mayor aspiración de un régimen que adueñarse de toda la corrupción, digo, perdón, de toda la clase política. Nacer imponiendo un modus operandi, las reglas para acceder a todos los puestos, a todos los negocios; que no son lo mismo, pero es igual.
Aunque en octubre cambió la presidencia, la realidad tenía otros planes sobre ver una renovación sexenal.
Es cierto lo que decía esta semana la presidenta Claudia Sheinbaum con respecto a una foto suya con un abogado que no le hace ascos a defender narcos.
En cada gira, se defendió, miles de personas se acercan a tomarse selfies. Pero qué decir de otrora maldecidos por Morena que, más que pedir una foto, se acabaron mudando al partido y hasta dicen que los tratan a todo dar.
La fotografía de la nueva familia obradorista trasciende, rebasa por la derecha a una presidenta que ve cómo Morena nació y estaba en contra de la corrupción, y cómo a quienes antes acusaban de corrupción están ahora con Morena a muerte.
*El juicio (Grijalbo, 1982), Carlos Loret de Mola.