El gobierno y Morena pueden aún celebrar no tener un rival enfrente. Empero, pasan por alto un detalle. Entre acciones y omisiones están generando descontento que, sin posibilidad de influir ni participar, anida un malestar que entraña un peligro político.
Sin proposición, la oposición no constituye una opción, sino una nulidad. Y, en esa tesitura, el PAN y el PRI no representan una alternativa para quienes comienzan a tomar distancia de la pretendida transformación que, sin romper ni un vidrio, llevarían a cabo los gobiernos de Morena y sus aliados.
Pese a sus diferencias, esas tres organizaciones coinciden en dejar sin opción a un sector ciudadano porque, al margen de perder o ganar militantes, en vez de sumar, restan simpatizantes y abren la puerta a la incertidumbre de cómo se expresará el malestar de los descontentos. En ese marco, Movimiento Ciudadano tiene una oportunidad, siempre y cuando siga atrayendo personalidades interesantes y deje de recoger cascajo.
En todo caso, el conjunto de los partidos debería reconocer el peligro supuesto en pretender hacer de los ciudadanos su instrumento, en vez de ser instrumento de ellos.
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Más allá de los aciertos, gobierno, Morena y aliados incursionan en un campo minado por acciones y omisiones, creyendo recorrer plácidamente el territorio conquistado.
Pese a la discreción y cuidado con que se operan correcciones a varias de las políticas y obras del lopezobradorismo, quedan al descubierto dos cuestiones: el legado no es el presumido y los cimientos de la llamada cuarta transformación no soportan un segundo piso. Sea sortear el déficit heredado, rediseñar el trazo de la vía del tren del Istmo, buscar inversión privada, asegurar el abasto de medicinas o girar la política de seguridad, sólo por citar algunos ejemplos, se exhibe al exmandatario y, pese al afán de los guardianes del santo legado por ocultar lo obvio, se hace evidente que, al confundir velocidad con prisa política, a Andrés Manuel López Obrador le faltó visión para replantear al Estado, al desmantelar instituciones sin crear otras. Así y pese a la jactancia, se desvanece la oportunidad justamente de transformar al país.
Aunado a ello, Morena y sus aliados, al empoderar a gobernantes, secretarios de Estado, legisladores, dirigentes y cuadros sin madurez, preparación ni solidez para ejercer el poder sin marearse, corromperse o abusar de él, desportillaron la legitimidad de su ascenso al poder y poco o nada hicieron al respecto. Cuando no privilegiaron la popularidad, enaltecieron a conversos u oportunistas con palancas y redes para ocupar posiciones y, ahora, aflora el costo de jugar con esos actores y falta por ver cómo salen del reparto de candidaturas. Desde esa perspectiva, no es aventurado pensar que el principal adversario de Morena está dentro del mismo movimiento y que el deterioro de su fortaleza quizá provenga de la periferia al centro. Sobran nombres en el directorio de quienes constituyen un lastre que Morena arrastra sin pena. Ni caso mencionar a Rubén Rocha Moya.
Asimismo, en la capital de la República nada más y nada menos, la jefa del gobierno, Clara Brugada, no sólo no ha conseguido acreditar ni decorar el proyecto político que supuestamente representa, sino tampoco rectificar la herencia recibida en el ámbito de la infraestructura urbana. Ni siquiera puede referirse a ese legado porque implicaría exhibir a la mismísima presidenta de la República y pegarse ella un tiro en los pies. Eso es punto menos que imposible. En su escala, padece de lo mismo que la jefa del Ejecutivo con su antecesor y, entonces, más vale fingir demencia.
De los aliados que hoy reclaman su recompensa a golpes de marro y vandalismo, mejor ni hablar. Sin embargo, es ineludible reconocer que gobierno, Morena y aliados han generado focos de descontento que, sin opción, es delicado cómo expresarán su malestar.
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Ante ese cuadro, asombra cómo quienes encabezan sin liderar al PAN y el PRI persisten en la fatigante tarea de quejarse, insultar, cuestionar o denunciar dentro y fuera del país con gritos o voz engolada al gobierno y su movimiento, revelando en paralelo sin querer su incapacidad para ofrecer una opción al descontento y darle una vía de expresión al malestar.
Más o menos saben cómo montarse en una causa, pero no armarla ni dirigirla. Lo suyo, por lo visto, es el control del padrón de militantes, aunque éste disminuya; la administración de las prerrogativas, aun cuando ya no sean las de antes; y el reparto de posiciones entre los incondicionales, así sean pocas.
Por eso, Jorge Romero pide a la ciudadanía bajar una aplicación digital para disfrutar la ilusión de ser tomada en cuenta y Alejandro Moreno la insta a hacer “el milagro” que a él ni se le ocurre cómo implorar. Rechazando y pidiendo aliarse de nuevo, ambos practican sin acuerdo de por medio un par de políticas: la de la oposición escandalosa e ineficaz y la de la indiferencia ante la necesidad de elaborar una estrategia ante el rechinido del engranaje de la llamada cuarta transformación.
Las dirigencias de esos partidos no entienden la circunstancia ni muestran voluntad y capacidad para rescatar del desastre a su respectivo partido. No son dirigentes, sino gerentes que se deleitan y conforman con lo que tienen y no aspiran a más. No tienen hambre. Su coeficiente político no da para imaginar a su organización como opción ni alternativa de poder. Esas palabras no aparecen en su vocabulario ni práctica política.
Saben hacer spots, contratar espectaculares, formular declaraciones y, de vez en vez, hacer política de salón, pero no se les puede pedir más.
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Hay, pues, un descontento en ciernes sin opción para expresar su malestar. Eso es peligroso.