Desde 2022, el tipo de cambio del yen japonés (yen) frente al dólar estadunidense (dólar) ha ido en aumento, registrando esporádicos picos, hasta alcanzar 163 yenes por dólar hacia finales de julio de 2026, su nivel máximo en cuarenta años.
La tendencia de debilitamiento del yen frente al dólar parece explicarse, en gran medida, por una política monetaria del Banco de Japón (BoJ) más acomodaticia que la del Banco de la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed). Lo anterior ha resultado en diferenciales significativos entre las tasas de interés de mercado de ambos países, que han generado oportunidades de operaciones de acarreo (carry trade), consistentes en fondearse en la moneda de menor costo (yen) para invertir en la moneda de mayor rendimiento (dólar).
A su vez, la laxitud de la política monetaria de Japón ha obedecido principalmente a su subordinación a la política fiscal, con el propósito de sostener la recuperación económica y atenuar los costos del servicio de la deuda pública, que se sitúa por encima de 200 por ciento del PIB. El temor a la deflación ha proporcionado una justificación adicional, a pesar de que, entre 2021 y 2024, la inflación anual se mantuvo por arriba del objetivo de 2 por ciento y, posteriormente, se ha encontrado ligeramente por debajo de esa referencia.
Con el fin de contrarrestar presiones extraordinarias contra el yen, en diversas ocasiones el Ministerio de Finanzas de Japón (MoF), a través del BoJ, ha utilizado sus reservas internacionales para apuntalar la moneda, mediante la compra de yenes a cambio de dólares. La más reciente ocurrió el 30 de julio de 2026. Al parecer, Japón ha buscado resistir el debilitamiento excesivo de su moneda, entre otras razones, porque ello encarece las importaciones y puede complicar los esfuerzos por combatir la inflación.
Por su importancia dentro de las reservas, las intervenciones han involucrado la liquidación de bonos del Tesoro estadounidense (Treasuries), lo cual se ha traducido en presiones al alza sobre los rendimientos de estos instrumentos. Hasta ahora, esos repuntes han resultado transitorios, al ser absorbidos por la profundidad del mercado estadounidense, por lo que los rendimientos han retomado sus tendencias, determinadas, en especial, por las expectativas de inflación y de política monetaria del Fed.
Recientemente, Estados Unidos ha tomado dos medidas para apoyar al yen. La primera ocurrió el 31 de julio pasado, cuando se unió a Japón en una intervención conjunta para comprar yenes. Una acción semejante no se había registrado desde 1998, en plena crisis financiera asiática, cuando ambos países intervinieron conjuntamente para sostener al yen, que se había desplomado por la salida de capitales y la inestabilidad regional. Esta operación resultó aún más peculiar porque Estados Unidos intervino vendiendo euros, en lugar de dólares, aparentemente para no indicar su preferencia por un dólar débil y sin coordinación con las autoridades de la eurozona.
Una segunda medida consistió en el anuncio, el 2 de agosto pasado, por parte del secretario del Tesoro estadounidense, de que Japón recurriría a la facilidad FIMA del Fed, la cual permite a los bancos centrales obtener dólares mediante operaciones de reporto, a cambio de un colateral en Treasuries.
Esta facilidad tiene la ventaja para Estados Unidos de que Japón no requiere liquidar estos instrumentos para intervenir en el mercado cambiario y, por lo tanto, evita una presión adicional sobre las tasas de interés de largo plazo estadounidenses, las cuales se han mantenido en niveles elevados desde 2023. Su uso para apoyar al yen presenta la desventaja de confirmar el temor de Estados Unidos de que el dólar continúe reduciendo su preponderancia como moneda de reserva.
Esta segunda medida resulta sorprendente por dos motivos: primero, la facilidad FIMA fue diseñada en 2020 como mecanismo para hacer frente a la crisis de liquidez derivada de la pandemia. Su utilización para apuntalar una divisa constituye una desviación considerable de su propósito original, el cual podía justificarse en términos del papel del banco central como “prestamista de última instancia” en condiciones de stress; y, segundo, el secretario del Tesoro estadounidense anunció que buscaría que el Fed elevara el límite para el uso de esta facilidad por parte de Japón. Estos dos motivos presentan el riesgo de que el Fed sea percibido como menos independiente.
Como era de esperarse, las intervenciones anteriores han tendido a ejercer un impacto positivo, pero efímero, sobre el valor del yen, ya que no han estado acompañadas de reformas que corrijan los factores monetarios y fiscales detrás del prolongado debilitamiento de esa moneda. Mientras esto no ocurra, es posible esperar un resultado semejante de los recientes esfuerzos conjuntos.