Parteaguas

Como que les vale…

Un problema fundamental en la implementación de los criterios ESG es que se desconoce cuáles son las reglas. No hay regulación, hay buenos propósitos.

¿Qué coche tienen? Digamos que es un Ford o un Volkswagen. Los propietarios de esas compañías aseguran que están preocupados por ustedes. Que quieren cuidar sus ciudades, sus países. Para ello, en el mundo surgió una estrategia resumida como ESG.

He hablado con directivos y gerentes de las empresas que les proveen piezas. No tienen la más remota idea del tema. Quizá sea mala suerte, pero con los que platico, no conocen esas siglas que por cierto exhibe este fin de semana y en grande la portada de la revista inglesa The Economist.

Son letras que refieren tres palabras en inglés y que en teoría van a salvar el mundo de la destrucción humana porque definen cómo cuidar tres pilares globales: E, de environment o ambiente; S, de lo social, de la gente y G, del gobierno corporativo de las empresas, de la necesidad de que no sea solamente un individuo quien tome las decisiones, aunque sea su fundador. En español es ASG.

Con quienes hablé dicen que ven ‘algo’ de sustentabilidad, pero nada en concreto.

En Monterrey, una ciudad en la que no llueve este año, ubicada en un estado en el que en junio llovió un tercio del agua que cayó el año pasado, se ubican un montón de fábricas de las que salen piezas de motor, fibras para vestiduras, vidrio para ventanillas, puertas, cajuelas…

En esa metrópoli la labor de cuidar el impacto de la empresa hacia la gente y el ecosistema queda confinada a un área de ‘sustentabilidad’ a la que nadie parece temer.

Con un poco de suerte, la tarea queda en manos del jefe de calidad, que más bien se preocupa por calificar en ISO que sí le exigen sus clientes. No luce muy distinto de lo que ocurre en Querétaro o en Naucalpan.

¿Pero cómo? En las ciudades que surten a BMW, Ford, Daimler, GM, Honda, Jaguar, Stellantis, Nissan… ¿No se supone que todas tienen una estrategia de ESG? ¿Por qué sus proveedores se ven sueltos?

Hay varios problemas, pero empieza por uno fundamental: ¿Cuáles son las reglas de ESG? Todas y ninguna. No hay regulación, hay buenos propósitos.

Esas compañías automotrices, más Land Rover, Scania, Toyota, Volkswagen y Volvo participan en una agrupación llamada The Automotive Industry Action Group (AIAG), que se define como una “organización en la cual las empresas de las industrias de la movilidad trabajan en colaboración para reducir los costos y la complejidad en la cadena de suministro”.

La AIAG ya creó un par de guías: una de principios y otra de sustentabilidad. De nuevo, poco tienen que ver con estrategias que involucran todo lo que cuidan los criterios de ESG y que aquí he descrito antes, pero algo es algo. Los gerentes dicen que es un asunto generacional.

Que muchos de los dueños de esas empresas proveedoras nacieron a mitad del siglo pasado y no comprenden la preocupación de sus nietos.

Además, en estos días, me dicen, la consigna es salvar la compañía, no el planeta. En un contexto en el que es una tortura conseguir semiconductores o algunas piezas de aluminio, lo que menos importa es de dónde vengan.

Hay algunos destellos: Alpek o Metalsa sí tienen en sus reportes de sustentabilidad algunos proyectos de ESG, concretamente.

Una ventaja en eso está en reducir la rotación de personal. La gente suele quedarse trabajando muchos años en las empresas de las que se sienten orgullosos.

Otra está en la obtención de clientes. Metalsa ahora surte estructuras de acero a Nikola, la fabricante de tractocamiones eléctricos que ya hizo pruebas transportando en tráiler cervezas de la fabricante de Corona y Budweiser y con ello parece ganar esa competencia a Tesla, de Elon Musk.

¿El ESG podría convertirse en una ventaja comparativa súbitamente? Puede ser, pero todo empieza por la exigencia de grandes armadoras, que no parecen muy ocupadas en el asunto aún, pese a la relevancia que el tema tiene para los bancos. Ojo con eso.

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