Tenía el balón en las manos, de esos que se abrazan cuando algo importante está por decidirse, la tarde del 5 de julio de 1994, sentado junto a mi papá, viendo a México, con mi primera “verde”, enfrentar a Bulgaria en el Giants Stadium. Fue también mi primera lección de que en el futbol, como en los mercados, la ilusión no siempre se paga en la misma moneda en que se compra. México empató 1-1, llegó a penales y ahí, en la definición más cruel del deporte, cayó 3-1. Yo no lo sabía entonces, pero acababa de inscribirme en una tradición que se extendería por treinta y dos años: la de ver caer a México en rondas de eliminación directa en la Copa del Mundo.
La lista es larga y la conozco de memoria porque la viví completa. Montpellier, 1998: México ganaba 1-0 a Alemania y terminó perdiendo 2-1, con el “Matador” Hernández viendo cómo la ilusión se le escapaba en los últimos minutos. Jeonju, 2002: quizás la derrota más dolorosa, un 0-2 ante Estados Unidos que dolió más por el rival que por el marcador. Leipzig, 2006: la ilusión sobrevivió noventa minutos y murió hasta el alargue, ante Argentina. Johannesburgo, 2010: el mismo verdugo, un golpe, el fuera de lugar de Tévez, del que parecía imposible reponerse.
Cuatro años después, en el Castelão de Fortaleza, el gol de Giovani dos Santos pareció, por un instante, reinstaurar la posibilidad de trascender el inalcanzable quinto partido. No fue penal, pero el resultado fue el mismo: Holanda remontó y México volvió a casa. En 2018, en Samara, Brasil nos devolvió a la dureza conocida. Y en Catar 2022 llegó lo impensable: una eliminación en fase de grupos, la primera desde 1978, que pareció sepultar cualquier idea constructiva sobre la selección. Ocho intentos, siete eliminaciones en octavos y un colapso que no tenía precedente reciente. Esa es la aritmética de tres décadas de espera.
2026 llegó distinto, aunque compartido con Estados Unidos y Canadá, y con una ilusión que se sentía otra vez legítima. La posibilidad, en el tercer Mundial en casa, de alcanzar el que ahora sería el sexto partido —cuartos de final— como solo había ocurrido en 1970 y 1986. El equipo de Javier Aguirre llegó a los dieciseisavos con tres victorias en tres juegos y la portería en cero, pero fue el primer tiempo ante Ecuador el que devolvió algo que llevaba años perdido; no solo el resultado, sino la forma. Treinta minutos de un futbol que, para quien empezó a seguir a esta selección en la Copa América que organizó Ecuador en 1993, no tienen referente comparable.
Y aquí conviene detenerse en un dato que el relato deportivo suele pasar por alto. Según Transfermarkt, la plantilla ecuatoriana llegó tasada en 368.7 millones de euros, casi el doble de los 191.85 millones de la mexicana. Cuatro futbolistas ecuatorianos (Caicedo, Pacho, Hincapié, Ordóñez) sumaban ellos solos más que la selección completa de México. El mercado, en otras palabras, había fijado un precio con meses de anticipación, pero el resultado en la cancha lo desmintió.
Vale la pena distinguir aquí entre precio y valor, porque no son la misma cosa aunque el lenguaje cotidiano los use como sinónimos. Benjamin Graham lo formuló hace casi un siglo y Warren Buffett lo repitió hasta volverlo aforismo: el precio es lo que se paga, el valor es lo que se obtiene. Un mercado, tanto de jugadores o de acciones, puede fijar precios altos sobre la base de una promesa: edad, potencial, la liga en la que se compite. Pero esa promesa es una apuesta sobre flujos futuros, no una medición de lo que un equipo entrega hoy, en un partido concreto, bajo presión. Ecuador llegó con una generación más joven y más cotizada en Europa. México llegó con una defensa que no ha recibido gol en el torneo y una idea de juego que se sostuvo noventa minutos. El precio no ganó; ganó la ejecución.
No es la primera vez que el futbol mexicano confunde el anhelo con la estructura, ni será la última. Pero conviene distinguir, esta vez, entre la ilusión que se compra por adelantado y la que se construye partido a partido. La primera se infla y revienta; la segunda, cuando existe, resiste el paso de los penales, de los alargues, de los goles en el último minuto.
Hoy te ganaste mi ilusión, como la de millones. Yo que te vi quedar eliminado en Nueva Jersey, en Montpellier, en Jeonju, en Leipzig, en Johannesburgo, en Fortaleza, en Samara, en Lusail, elijo creer que desafiarás las leyes del valor este domingo frente a una Inglaterra plagada de estrellas y candidata al título. Yo que te vi caer, elijo la ilusión de verte ponerte de pie en tu Estadio Azteca, tu templo inquebrantable: el lugar donde, estoy convencido que, de tu mano, el valor le ganará la partida al precio.
