La semana pasada, la Secretaría de Economía (SE) publicó los datos de inversión extranjera directa (IED) correspondientes a la primera mitad del año. La noticia es positiva: en ese lapso ingresaron al país 34,265 millones de dólares, un incremento de 10% respecto al mismo periodo del año pasado. En medio de la incertidumbre global, este aumento no es menor y confirma que México sigue siendo un destino atractivo para el capital internacional.
Sin embargo, detrás de las cifras hay matices que vale la pena explorar con más detalle. Un primer aspecto es la composición de los flujos. La gran mayoría de la IED (84.4%) corresponde a reinversión de utilidades; es decir, a empresas que ya operan en México y que deciden volver a apostar sus ganancias en el país. Las nuevas inversiones, en contraste, apenas representaron 9.4% del total.
Es cierto que este último rubro muestra una mejoría: pasó de 909 millones de dólares en el primer semestre de 2023 a 3,149 millones en el mismo periodo de este año. Es un salto significativo en términos absolutos, pero en términos relativos es un monto reducido para una economía del tamaño de la mexicana. Esto confirma una tendencia que se observa en los últimos años: las empresas que ya están aquí se sienten lo suficientemente cómodas para reinvertir, pero las compañías que evalúan entrar al país siguen siendo cautelosas.
Por otra parte, una explicación para el buen dinamismo de la IED tiene que ver con el contexto internacional. Todo apunta a que Estados Unidos adoptará un nivel de proteccionismo menor hacia México que hacia otras economías, en particular frente a China.
En la práctica, esto convierte a México en una plataforma privilegiada para exportar insumos y bienes finales al mercado estadounidense. Creo incluso que la narrativa del nearshoring se reactivará en los próximos años como consecuencia de ese menor proteccionismo relativo.
Dicho lo anterior, hay una paradoja que debería preocuparnos. Mientras la inversión extranjera aumenta, la inversión fija bruta doméstica cayó más de 6% entre enero y mayo de este año en comparación al mismo periodo del año pasado. Esto es todavía más importante al tener en cuenta que en México la inversión doméstica es nueve veces mayor a la extranjera. Si bien la IED genera titulares y confianza, el verdadero motor del crecimiento sostenido debe ser la inversión interna. Que este componente muestre señales de debilidad es motivo de preocupación y reflexión.
Ahora bien, ¿por qué se comportan de manera tan divergente la inversión nacional y la extranjera? Propongo una hipótesis.
El inversionista doméstico observa con inquietud la reciente reforma judicial y teme quedar desprotegido frente a actos de autoridad. La ausencia de contrapesos y de certidumbre jurídica afecta frontalmente sus decisiones de inversión. En cambio, el inversionista extranjero cuenta con salvaguardas adicionales. Por ejemplo, las empresas estadounidenses pueden acudir a paneles de resolución de controversias del T-MEC en caso de enfrentar un conflicto con el gobierno mexicano. Esa protección extra mitiga el riesgo percibido y puede explicar por qué el capital externo mantiene el apetito, mientras que el nacional retrae sus planes.
Los datos de la IED son alentadores. Hablan de un México que sigue siendo atractivo en el mapa global de inversiones y que, gracias a su cercanía con Estados Unidos y a su red de acuerdos comerciales, puede capitalizar los cambios en las cadenas de valor internacionales.
Pero no debemos engañarnos: este impulso no se sostendrá en el largo plazo sin un fortalecimiento del Estado de derecho y sin infraestructura de calidad, en particular en materia eléctrica. La confianza de los inversionistas, sean nacionales o extranjeros, depende de la certeza jurídica y crecientemente de la disponibilidad de energía limpia, confiable y a precios competitivos.
Si no atendemos esas condiciones básicas, seguiremos con tasas de crecimiento mediocres lo cual dificultará la agenda redistributiva y de combate a la pobreza de esta administración.