La imposición de aranceles por parte de Donald Trump al mundo tiene que ver con el establecimiento de un nuevo orden mundial, en donde Estados Unidos reafirme su liderazgo conforme a su visión sesgada en torno a un proteccionismo comercial que es obsoleto en tiempos en que la globalización derribó las fronteras geográficas.
Se ha dicho hasta el cansancio que los consumidores y empresas norteamericanas pagarán en primera instancia las consecuencias de los arrebatos de su presidente, hecho que, por cierto, lo tiene sin cuidado, ya que asegura que muy pronto verán los resultados en sus bolsillos, lo que es una realidad. Ante la incertidumbre generada y en lo que se reacomodan los nuevos equilibrios geopolíticos en el orbe, se aparece otro jinete del apocalipsis: la recesión económica mundial que afectará en mayor o menor medida a todos los países, quienes deberán mostrar una gran resiliencia para convertir la crisis en oportunidades.
La postura asumida por los gobiernos afectados por los aranceles es divergente; mientras que unos contestan con la ley del Talión, como China, Canadá o la Unión Europea, otros, como México, prefieren mantener una actitud mesurada para evitar mayores daños a la economía nacional. Veremos con el paso del tiempo quién desplegó la mejor estrategia para enfrentar las trumpadas.
En este contexto, en nuestro país ya se perciben los primeros efectos de la recesión económica y eso que aún no se conocen todos los daños provocados por los aranceles impuestos por EU a los productos mexicanos, lo que meterá al gobierno mexicano y a la población en una vorágine de acontecimientos negativos que tienen que ver con una crisis económica y problemas de gobernabilidad.
El gobierno de Claudia Sheinbaum nació con una camisa de fuerza impuesta por el mal gobierno de su antecesor y apretada con mayor fuerza por los impulsivos arranques de Trump, que trata a toda costa de cumplir sus descabelladas propuestas de campaña, a costa del dolor provocado en allende sus fronteras.
Al momento, luego de padecer el mandarriazo de los aranceles, la presidenta ha preferido guardar mesura, en aras de evitar mayores estragos en la economía nacional, sin embargo, esta actitud que, para muchos es muy pasiva, puede detonar más castigo a México por esta actitud tímida y medrosa que puede leerse como miedo, y ello despertar aún más la codicia para sacarle más cosas al gobierno mexicano y no solo movilizar a las fuerzas militares para contener la migración y el trasiego de drogas, sino para permitir, tal como lo hizo con Ucrania, sacar ventaja de los recursos naturales de nuestro país, como verbigracia, explotar las aguas profundas del Golfo de México o apropiarse del Canal de Tehuantepec.
En contraparte, otros opinan que la postura asumida por la mandataria mexicana es la correcta, tan así que ya se están viendo los resultados entre los principales colaboradores de Trump, quienes han reconocido el trabajo del gobierno mexicano y de su presidenta.
La doctora prefiere guardar la calma y esperar que la tormenta se disipe para retomar el rumbo y con ello, aguardar mejores momentos para México.
La mayoría de los economistas de renombre han criticado el proteccionismo a ultranza que despliega el magnate inmobiliario, además de propiciar el rompimiento con sus principales aliados comerciales. México y Canadá, y qué decir de la Unión Europea, lo que coloca a la Unión Americana como el enemigo comercial por antonomasia de todas las economías industrializadas del orbe.
Tanto China como la India, Rusia, Japón y el Medio Oriente ya instrumentan acciones para acometer la guerra comercial que detonó Donald Trump desde el primer día de su segundo mandato y, como están las cosas, el enfrentamiento marcará los próximos cuatro años, si no es que antes ocurre una conflagración provocada por la crisis económica y que dará pie a revueltas sociales.
Efectivamente, hay que apostarle al Plan México, a reformar las alianzas estratégicas comerciales con otras regiones del orbe y generar nuevas cadenas de suministro, al tiempo de consolidar la planta productiva nacional con estímulos gubernamentales fiscales, pero sobre todo a revertir la inseguridad pública y buscar la autosuficiencia energética y de agua potable, entre otras tareas.
Desde luego, el reto es mayúsculo, pero también la influencia que posee la presidenta, quien se ha dedicado a concentrar más poder y a granjearse las simpatías de la población con los apoyos económicos disfrazados de programas de política social.
En tiempos que se requiere consolidar la unidad nacional, la presidenta, desde el púlpito de la mañanera, continúa con la línea marcada por su antecesor de atacar a sus adversarios políticos con toda la fuerza del Estado y con polarizar aún más a la población.