“Al migrante que reside junto a ti, lo mirarás como uno de tu pueblo y lo amarás como a ti mismo”. Levítico 19:34.
Sabían que morirían y no los voltearon ni a ver. Fueron tratados con menos humanidad que animales, a los que se hubiera abierto la puerta y dejado salir para salvarlos.
México es, para su desgracia, territorio de paso para muchos migrantes. Ante la desesperanza, una vida sin perspectivas de progreso, muchas veces en un entorno violento, optan por arriesgarse. Si la vida no vale nada, entonces vale la pena jugársela, dejando atrás padres o hijos, endeudándose astronómicamente para pagar el peligroso viaje. Estar dispuesto a ser humillado, robado de las pocas pertenencias que se pueden llevar en una mochila, extorsionado del efectivo que se traiga encima y, las mujeres, a ser violentadas.
El maltrato no es nuevo, pero sí su oficialización por el gobierno de Andrés Manuel López Obrador. El mismo al que se llena la boca hablando de soberanía cuando se refiere al chapopote o la electricidad, se dobló ante Donald Trump y repitió la genuflexión ante Joseph Biden. Que no le hablen al autodenominado humanista de petróleo porque se encrespa, pero cuando se trata de personas es otra cosa.
Trump había ofrecido que construiría un muro en la frontera y que México lo pagaría. Se estrelló contra el gobierno de Peña Nieto, pero lo consiguió cuando AMLO llegó a Palacio Nacional: una sólida barrera humana en la frontera sur. Ahora se refuerza más en el norte, recibiendo hasta 30 mil personas cada mes provenientes de Venezuela, Cuba, Haití o Nicaragua y que habrán de quedarse en México, pues no son aceptados por Estados Unidos. Un problema que se quedará de este lado.
En territorio nacional no hay bases militares estadounidenses, pero sí lugares en que se detienen a los extranjeros que ingresaron ilegalmente a ese país. Lo que han hecho gobiernos pobres como Nauru para Australia o que hará Ruanda para Reino Unido, solo que México sin haber negociado nada sustantivo a cambio. La imagen del patio trasero no podría ser más precisa.
Todos los migrantes potenciales ya pueden agregar una razón más a los peligros de pasar por el país: la posibilidad de morir mientras se está bajo custodia del Estado mexicano, como los 39 hombres en el Instituto Nacional de Migración de Ciudad Juárez.
Lo que siguió mostró una vez más que los altos funcionarios solo son responsables de aquello que pueda cosecharles un aplauso, porque para los errores están los de abajo. Esto aparte del sainete político en que el titular de Gobernación dijo que la política migratoria no era su responsabilidad, sino de Relaciones Exteriores. El canciller anunció que había transmitido a los gobiernos de Colombia, Ecuador, Guatemala, Honduras, El Salvador y Venezuela que el gobierno de México estaba profundamente indignado por lo sucedido y que los “responsables directos” ya estaban detenidos. Sí, un gobierno indignado consigo mismo. De los superiores de los “responsables directos” nadie dice nada. Para informar de las investigaciones sobre lo ocurrido, AMLO designó a quien no tenía vela alguna en el entierro: la titular de Seguridad Pública. Listo: sus corcholatas protegidas del escrutinio público.
Si esos 39 migrantes hubieran sido mexicanos, y muerto bajo la custodia del gobierno estadounidense, AMLO, Ebrard y Adán Augusto López estarían clamando por esa justicia que no ofrecerán a personas cuyo crimen era buscar una mejor vida, porque ellos son los culpables.