Es hora de reparar, de hacer un alto y revisar adónde va el país. La economía y los homicidios dan un respiro para hacer esa reflexión.
A Morena se le está yendo la oportunidad de asegurar logros, rectificar errores y salir de quienes sin convicción hicieron gula del apetito de poder. A la oposición se le está escapando el momento de organizarse y armar una opción, en vez de quedar como una plañidera, esperanzada en el fracaso del contrario.
El problema de no reparar es dejar al país a merced del entorno y de factores ajenos al control. De muy poco valdrá, entonces, acusar al adversario de cuanto pueda ocurrir.
Por donde va, quien sabe adónde llegará el país.
...
Pese a declararse distinto al tricolor y el albiazul, el partido guinda no sólo no acaba de acreditar esa condición, sino la diluye en su indolencia e inacción ante la corrupción, la negligencia y la impunidad de más de uno de sus cuadros.
La hazaña de acceder al poder con rapidez, fuerza y legitimidad, Morena no supo reproducirla en el ejercicio y la administración de ese poder. Incurrió en desatinos o errores que se resiste a reconocer de manera cabal y en su justa dimensión. Cierto, algunos de esos dislates intenta ahora corregirlos, pero no los de mayor gravedad, siendo que le provocan tropiezos cada vez más serios, comprometiendo no sólo su proyecto, sino también a la nación.
Entre esos yerros se cuentan los siguientes. Minusvalorar factores poderosos ajenos a su control, llámense pandemia, Donald Trump o penetración del crimen en la política. Imponer la acción de gobierno, abdicando de la política. Tolerar y solapar transas y trapacerías entre algunos de sus miembros, cargando selectivamente contra ellas sólo en los contrarios. Confundir prisa con velocidad política a fin de concretar el cambio de régimen. Carecer de cuadros experimentados para gobernar y transformar el modelo abominado. Operar ajustes, sin asegurar la atención de necesidades y servicios básicos. Simbolizar el cambio en obras faraónicas sin destino, en vez de significarlo en políticas quizá lentas, pero duraderas y de largo alcance.
Durante el primer gobierno de Morena varios de esos yerros quisieron justificarse en el ansia de sentar las bases de la pretendida transformación. Empero, el cálculo fue mal hecho. Andrés Manuel López Obrador resultó un político con visión histórica, pero sin perspectiva, más táctico que estratégico. No calibró –era difícil– dos cuestiones clave: el efecto social, económico, comercial y político de la pandemia ni el peligro supuesto en la creciente y diversificada actividad del crimen transnacional mexicano con su infiltración en la política, dando por “naturalizada” su presencia y acción dentro y fuera del país. Ambos asuntos –el segundo, agravado con el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca–, hoy proyectan un panorama desolador.
Al inicio de su gestión, Claudia Sheinbaum envió varias señales interesantes, sin llegar a convertirlas en sello personal de su gestión. Sacar adelante con matices las reformas pendientes para consolidar el cambio de régimen, pero al final no las reequilibró, le faltó fuerza y poder, y hoy esas reformas son un búmeran. Corregir sin estridencia ni ostentación errores del sexenio anterior, pero varios son irremediables y otros exigen recular, asumiendo un costo político hacia dentro y fuera del movimiento. Atender el reclamo exterior y el clamor interior de combatir al crimen, pero sin ir hasta donde hay que llegar porque cortar de tajo el vínculo delito-política implica un efecto devastador. Y no mandó ni ha mandado una señal resuelta para combatir la corrupción y la negligencia que encontró espacio en las filas del movimiento y comienza a provocar estragos de consideración.
El tamaño y la dificultad para encarar la adversidad causan, a veces, la impresión que tienta a la mandataria la idea de refugiarse en el radicalismo y profundizar la postura con el propósito de seguir por donde se iba, aunque el resultado sea incierto.
Reparar no es fácil, pero conforme corre el tiempo se reduce el plazo para emprender una rectificación de fondo que amplíe, al menos, el margen de maniobra ante el vendaval en puerta.
...
En cuanto a la oposición se refiere, impresiona su regocijo e ilusión.
La apuesta de ese sector es lamentable. Ve la presión y el acoso del gobierno estadounidense como recurso para reposicionarse, sin reconocer el repudio que su desempeño aún provoca. Confunde el eventual fracaso de la llamada cuarta transformación con su victoria y concibe el pasado reciente como el mejor futuro, sin advertir que neoliberalismo y globalización están en crisis. El panismo y el priismo, así como lo que pueda representar Somos México se oponen sin proponer, carecen de un proyecto que, sí, acuse los errores del lopezobradorismo, pero también los del modelo que impulsaron que, sobra decirlo, si antes no tuvo destino, menos lo tiene ahora, y planteen una opción.
En su cabeza no aparece la urgencia de elaborar un proyecto distinto e inclusivo. La política contestaria es, pobremente, la expresión más acabada de su actuación, reiterando que, para ellos, la democracia es alternancia, no alternativa. Y, hoy, se encuentran fascinados por haber ganado la narrativa del narcogobierno y la narcopolítica, como si más de uno de ellos no hubiera escrito su prestigio en líneas de coca.
No reparan ante la realidad en ciernes, como tampoco en la abismal distancia que guardan con los sectores sociales que hoy, como sea, se sienten representados por el lopezobradorismo.
...
Urge reparar cuanto antes, hay un reducido espacio para hacerlo. Por donde va, quién sabe adónde llegue el país. Adentrarse, otra vez, en el laberinto de la inestabilidad sería borrar el horizonte.