Trópicos

El fin de la izquierda

Tras la caída de Lula, Brasil está colocando los clavos al ataúd de la izquierda en Sudamérica. En Cuba y en Nicaragua es cuestión de tiempo para que los regímenes cambien, pero ahí ni siquiera se deben asumir como un movimiento ideológico; son dictaduras disfrazadas de izquierda.

Absortos, los brasileños veían que Lula da Silva perdía la primera vuelta de las elecciones presidenciales del pasado domingo. La mayoría celebró; otro importante número de electores se lamentaba; muchos millones más, los indiferentes, los abstencionistas, veían desde lejos los resultados que apuntalan el regreso de la extrema derecha al poder.

Ahora Lula quiere convencer a estos indecisos, aunque si no lo hizo dentro del periodo de campaña, ¿qué le hace pensar que en 18 días lo logrará, cuando se celebre la segunda vuelta electoral?

Uno de los líderes de mayor envergadura de la izquierda latinoamericana del siglo XXI está llegando a su fin, y esa es una de las primeras lecciones que deben entender los partidos políticos alineados a esta ideología: si no anteponen proyectos, programas, nuevos cuadros de estadistas, en lugar de seguir impulsando a líderes carismáticos, entonces inevitablemente sus siglas tendrán fin. El PT en Brasil y México son muestras de ello.

América Latina es un laboratorio de ese tipo de figuras populistas, líderes carismáticos, no sólo bajo la figura de Lula da Silva, moderado y pragmático que lleva cuatro mandatos en el poder, sino también bajo fórmulas o individuos como las de Evo Morales, Chávez-Maduro y ahora de forma alarmante bajo liderazgos tipo Castro-Canel, Ortega-Murillo, quienes ya tienen la guillotina de la historia bajo sus sucias dictaduras.

No obstante, tras la caída de Lula, Brasil está colocando los clavos al ataúd de la izquierda en Sudamérica. En Cuba y en Nicaragua es cuestión de tiempo para que los regímenes cambien, pero ahí ni siquiera se deben asumir como un movimiento ideológico; son dictaduras disfrazadas de izquierda.

La pregunta siguiente es qué sucede y sucederá en México después de 8 años de gobierno de otra de las izquierdas disfrazadas que se han encargado de debilitar los poderes del Estado, eliminar los contrapesos y estigmatizar a sus críticos.

La apuesta de Morena también ha sido por la de un líder carismático que, después de su sexenio, se ha encargado de aparecer de forma sistemática para dejar en claro que él es el movimiento, el partido, la historia.

Todos dentro de Morena lo asumen y nadie se atreve a romper las riendas con él. López Obrador se siente indestructible e inmaculado, pero ese es otro de los síntomas y errores de los líderes carismáticos, que pierden el sentido de la realidad hasta que la sociedad se impone.

Las elecciones en Brasil tienen dos impactos sustanciales que debemos atender en sus esferas, la interna y la externa. Al interior, Brasil llegó a su límite de una izquierda que finalmente no logró resolver los problemas de una sociedad altiva y desafiante.

El deterioro de la imagen del gobierno de Lula da Silva responde a una combinación de factores: crisis políticas, corrupción, un alza continua en el precio de los alimentos y una frustración por parte de la sociedad en haberle otorgado una nueva oportunidad para hacer cosas distintas, algo que no sucedió. Por ello, las y los brasileños le dieron la espalda, porque esperan un cambio, no una continuidad.

Ante ese sentimiento, la sociedad brasileña busca desesperadamente un candidato que cambie esa realidad, aunque la confusión puede ser grande entre el deseo, la desesperación y una verdadera transformación que beneficie a la gente. El muy probable triunfo de Flávio Bolsonaro no asegura nada.

Esa crisis de identidad es regional, se está consolidando, y los populismos de izquierda y de derecha cada vez se especializan en vender humo. El discurso no coincide con la realidad de las sociedades, quienes viven cada vez más ajustados, sin poder llegar a fin de mes, con salarios bajos, aumento de precios en la canasta básica, rentas caras y sistemas de salud precarios.

A nivel exterior, la derrota de Lula significa un peso casi incondicional de Estados Unidos en la región, una zona de interés innegociable por temas de seguridad nacional y desarrollo económico en momentos que se disputa la hegemonía global ante un mundo ya multipolar.

Por su parte, China, pero sobre todo Rusia, está perdiendo toda influencia en América Latina, salvo en Cuba y México, gobiernos que aún viven bajo un pasado anacrónico en materia de relaciones internacionales, donde prefieren seguir anclados en el pasado que explorar hacia el futuro.

El fin de la “izquierda” latinoamericana está cerca de su fin. México tiene una cita en las urnas el próximo junio, y de esos resultados dependerá saber cuánto tiempo le queda.

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