Trópicos

El mundo debe cambiar

Algunos gobiernos tratan de unificar su postura y advertir de los efectos adversos por el cambio climático, pero en la práctica se sigue haciendo muy poco por revertirlos, mientras que el avance de la huella humana, encargada de destruir nuestros ecosistemas y especies, continúa.

Este verano ha sido uno de los más peculiares. En todos los continentes se ha sufrido de diversos tipos de catástrofes naturales: inundaciones, incendios, sequías y terremotos. Todos ellos en su conjunto han dejado miles de muertos y, a la par, sociedades devastadas.

Algunas de estas catástrofes han sido provocadas por el hombre, otras por la fuerza de la naturaleza, pero otras, por la inconciencia humana, que ha impactado en la esencia de nuestro planeta. Desde el siglo XIX, las actividades por el hombre “han sido el principal motor del cambio climático, debido principalmente a la quema de combustibles fósiles como el carbón, el petróleo y el gas”, afirma la ONU.

Paradójicamente, hoy en día, se siguen gestionando conflictos armados y políticos por el control de zonas poseedoras de petróleo y gas, lo que indica que los gobernantes y empresarios, siguen apostando por el daño permanente a nuestro planeta. Lo que sucede en Irán y Venezuela, deja de manifiesto que líderes como Donald Trump, que rechazan el cambio climático, patentan una realidad diversa a la catastrófica realidad que nos persigue.

Algunos gobiernos tratan de unificar su postura y advertir de los efectos adversos por el cambio climático, pero en la práctica se sigue haciendo muy poco por revertirlos, mientras que el avance de la huella humana, encargada de destruir nuestros ecosistemas y especies, continúa.

La ONU señala que “más del 70% de la población activa del planeta corre un alto riesgo de sufrir calor extremo”, mientras que “El Informe Planeta Vivo 2024”, presentado por World Wildlife Fund (WWF), revela “un catastrófico declive del 73% en la abundancia poblacional de mamíferos, reptiles, aves, peces y anfibios monitoreados en cincuenta años (1970-2020)”.

Informar sobre las excentricidades del clima en el mundo es cada vez más común: incendios imparables en Canadá, España o Grecia. Sequía histórica en el Danubio. Inundaciones en China. O bien, sobre la presencia inevitable de “El Niño” que amenaza el segundo semestre de este 2026.

Por todo esto es necesario seguir la recomendación de António Guterres, presentada en 2022, quien propuso una iniciativa para garantizar que, a finales de 2027, “los habitantes de la Tierra estén protegidos de fenómenos meteorológicos, hídricos o climáticos peligrosos mediante sistemas de alerta temprana que salven vidas”. Pero la realidad es otra: a un año de esa meta, poco se ha avanzado.

No obstante, también nos hemos vuelto más vulnerables a fenómenos naturales impredecibles como los terremotos. Este año se han vivido temblores inusuales, como los simultáneos de alta magnitud en Venezuela, o el del pasado lunes en Colombia, cuya devastación dejó en claro que no estaban preparados para prevenir este tipo de episodios.

También se deben emprender acciones conjuntas entre países, coordinar esfuerzos para ser más preventivos que reactivos. México, a golpes de sufrimiento, ha establecido mecanismos sustanciales para prevenir terremotos, desde el establecimiento de las alertas sísmicas hasta los protocolos de construcción de edificios.

No obstante, aún no se olvida el devastador huracán Otis en Acapulco, que en cuestión de horas pasó de tormenta tropical a huracán de categoría 5. Su inusual desarrollo tomó desprevenidos y desprotegidos a miles de personas. No obstante, esa tragedia ocurrida en octubre de 2023 puede suceder en cualquier otro momento.

Las insistentes recomendaciones de la ONU en limitar el aumento de la temperatura global a no más de 1.5 °C han fracasado rotundamente. Tan es así, que incluso alertan que bajo las políticas actuales se prevé un aumento de la temperatura de 2.8 °C para finales del siglo XXI. Señalan a siete países como los mayores emisores de gases de efecto invernadero a nivel mundial y principales provocadores del cambio climático: China, Estados Unidos, India, la Unión Europea, Indonesia, Rusia y Brasil.

“El cambio climático es la mayor amenaza para la salud de la humanidad”, concluye la ONU. “La contaminación del aire, las enfermedades, los fenómenos meteorológicos extremos, los desplazamientos forzados, la inseguridad alimentaria y las presiones sobre la salud mental” son las afectaciones primarias. “Cada año, los factores medioambientales cobran la vida de unos 13 millones de personas”. Es urgente que estos países adopten medidas necesarias; lamentablemente, sus liderazgos no logran ponerse de acuerdo ni mucho menos intentan actuar de forma individual, ya que están en juego los poderes hegemónicos.

Pero también corresponde al ciudadano de a pie sumarse a los esfuerzos: “los coches, camiones, barcos y aviones funcionan con combustibles fósiles como la gasolina, el diésel y el queroseno que emiten dióxido de carbono, un gas de efecto invernadero”. Si en lugar de su uso se sustituyera por otros usos y costumbres: caminar o andar en bicicleta, y se priorizara el transporte eléctrico, los cambios comenzarán a verse poco a poco. Aún falta mucho por hacer, pero lo único que se siente en estos momentos, es que el ser humano tiene una preferencia irresistible por la autodestrucción.

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