Nicolás Maduro fue un accidente del destino. Su ascenso al poder, muy probablemente, no se hubiera dado sin la repentina muerte de Hugo Chávez atacado por un cáncer agresivo.
A partir de esa desgracia para la base popular chavista, quien nació el 23 de noviembre de 1962 en Caracas, supo manipular la imagen del mártir para presentarse como un místico sucesor: “Yo, cristiano como soy, no tengo ninguna duda de que el comandante Chávez está en este momento al lado del libertador”, dijo Maduro en una de sus primeras intervenciones como presidente de Venezuela.
Desde 2013 está en el poder gracias a múltiples fraudes, a la manipulación de la Constitución y al control y depuración de diversas instituciones del Estado, principalmente de las Fuerzas Armadas. Esto le ha permitido perpetuarse y al mismo tiempo arrojar a Venezuela a la miseria, a pesar de ser uno de los países con mayores reservas de petróleo en el mundo.
Se estima que más de 20 millones de venezolanas y venezolanos viven en la pobreza extrema (su población total es de casi 30 millones) y casi el 45% piensa que es conveniente emigrar por la inseguridad y precariedad económica. En la actualidad, países como México alojan a miles de venezolanos que buscan llegar infructuosamente a los Estados Unidos; su desesperación va en aumento.
Maduro se ha convertido, poco a poco, en un paria internacional por la sistemática represión que aplica a opositores y medios de comunicación, y por la falta de libertades a una sociedad vejada en sus derechos humanos; en suma, ha terminado con la democracia. Pero toda demagogia tiene sus límites y la suya, apoyada en la mística chavista y epopeya bolivariana, apunta a que llegó a su fin.
Hay dos opciones que están sobre el tablero. La primera corresponde a una intervención militar directa por parte del ejército de Estados Unidos y de esta forma llevarlo ante la justicia estadounidense, mientras que, paralelamente, se abra de inmediato una nueva etapa hacia la democracia, donde sean las elecciones las que abran paso, nuevamente, a una reconstrucción institucional.
Recordemos que en estos momentos, Maduro es acusado por Washington de ser el líder del Cártel de los Soles y socio del Cártel de Sinaloa y del Tren de Aragua, por lo que ofrecen una histórica recompensa de 50 millones de dólares a quien proporcione información para que sea arrestado. La fiscal general de Estados Unidos, Pamela Bondi, dijo en conferencia de prensa que la DEA ha incautado 30 toneladas de cocaína vinculadas a Maduro, por lo que es uno de los mayores narcotraficantes del mundo.
Y la segunda opción es que se rinda y negocie una salida-exilio ante la presión internacional que se está manifestando en Occidente. Personalidades como la de Maduro, cuando sienten que ya no pueden salir del pantano, son capaces de saltar del barco a esconderse en las profundidades. El pueblo venezolano desde hace tiempo pide un cambio, pero la represión de una dictadura combinada con una oposición sin liderazgos fuertes y valientes, salvo el de María Corina Machado, ha retrasado el fin de Maduro.
Pero la pesadilla de Venezuela no empezó con Maduro, sino con Hugo Chávez. La continuidad que supuso Nicolás fue solo el corolario del declive de un gran país. Todas las democracias albergan demagogos, dicen Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, ambos profesores de Harvard y especialistas en democracia y autoritarismo.
Ellos retoman en su libro Cómo mueren las democracias las observaciones del politólogo alemán Juan Linz para apuntar cuatro signos de preocupación sobre un político autoritario: 1) cuando rechaza, mediante palabras o acciones, las reglas democráticas del juego; 2) cuando niega la legitimidad de sus oponentes; 3) cuando tolera o alienta la violencia, y 4) cuando indica su voluntad de restringir las libertades civiles de sus opositores, incluidos los medios de comunicación. No cabe la menor duda de que Hugo Chávez y Nicolás Maduro han cumplido a cabalidad estos preceptos, y muchos más en América Latina.
Por lo pronto, Maduro se sigue atrincherando con lo poco que le queda, la demagogia y la desesperación. Sus discursos son cada vez más delirantes y sus medidas inoperantes, por ejemplo, decir que está enlistando a la sociedad civil, lo cual no son más que patéticos montajes de propaganda.
Mientras tanto, el gobierno de Washington, bajo el argumento de que el presidente electo y legítimo de Venezuela es Edmundo González, tiene lista la intervención a territorio sudamericano, ya que para ellos, Maduro es un terrorista; sí, como Bin Laden. Donald Trump ordenó el despliegue de seis buques, aviones, helicópteros y submarinos ¡al Caribe!, algo que esas aguas azul turquesa nunca habían vivido. Además, un país como Guyana, frontera con Venezuela, les ha permitido a los uniformados estadounidenses usar su territorio para desembarcar.
Toda la inteligencia militar está lista para que, en cuanto Trump decida presionar el botón, las fuerzas de élite “capturen” o “derriben” a Maduro. Historias como estas ya las hemos visto; basta recordar a Manuel Antonio Noriega, Saddam Hussein o a Muamar el Gadafi. Estamos prontos a ver un nuevo episodio de un dictador derrocado.