Antes del Fin

Ninguna llega sola. Pero tampoco llegamos todas

Verónica Delgadillo camina sobre un suelo que Irene Robledo ayudó a imaginar, pero lleva consigo la consigna de no equivocarse, para no ser la única presidenta municipal de Guadalajara.

Algunas mujeres no cruzan solas una puerta: las acompaña un siglo entero. No llegan solas, porque cada paso está precedido por otras que empujaron desde los márgenes. Ninguna conquista es espontánea. Todo derecho que hoy parece natural fue, en su origen, negado, discutido, impensable.

Una mujer del siglo XIX respira entre nosotras. No lo hace en mármol, sino en gesto. No en silencio, sino en legado. Irene Robledo no quiso ser estatua: eligió ser grieta. Fundó escuelas, escribió artículos, sostuvo debates en salones donde solo se escuchaban voces masculinas que decidían —con impunidad— qué era posible y qué no. Soñó con una educación más justa, no solo porque incluyera a las mujeres, sino porque les diera voz, cátedra y dirección.

No pidió permiso. Se formó con furia y con paciencia. Estudió odontología, homeopatía, enfermería, pedagogía. Cada título fue una herramienta; cada saber, una forma de resistencia. No heredó un camino: lo talló piedra por piedra.

Ayer, 2 de abril, casi un siglo después de firmar la refundación de la Universidad de Guadalajara, su nombre volvió a pronunciarse en plural. Junto a su tumba —la primera de una mujer en la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres— se reunieron otras “primeras”: Verónica Delgadillo, primera presidenta municipal de Guadalajara, y Karla Planter, primera rectora de la Universidad. No hablaron solas. Hablaron con las voces que aún no caben en los homenajes: las que nunca tuvieron aula, micrófono ni acta de nacimiento. Las que sembraron sin ver florecer.

Porque ninguna llega sola. Pero tampoco llegamos todas.

Hoy México tiene, por primera vez, una mujer al frente del Poder Ejecutivo. Y eso importa. Pero aún hay niñas que no pueden caminar solas a la escuela. Hay mujeres indígenas sin acceso a la universidad, mujeres trans sin aula ni nombre, académicas cuyos méritos se atribuyen a “cuotas”. Madres solteras a quienes se les exige heroísmo cotidiano. Normalistas silenciadas. Docentes sin plaza que enseñan con más vocación que derechos.

Ser la primera no es la meta: es la grieta. La evidencia de que el muro sigue en pie.

La historia, se dice, la escriben los vencedores. Pero también se construye con lo que falta: con los nombres no inscritos, las placas sin firma, las palabras interrumpidas. Cada mujer que inaugura un espacio que le fue negado carga siglos de silencios. Preguntas sin herencia: ¿cómo se lidera sin modelos? ¿Cómo se enseña sin haber sido escuchada? ¿Cómo se resiste sin referentes?

Verónica camina sobre un suelo que Irene ayudó a imaginar, pero lleva consigo la consigna de no equivocarse, para no ser la única. Karla habita un rectorado hecho de memorias, pero sobre sus hombros recae la demanda de construir un legado. La presidenta de la República no ondea una sola bandera, sino la expectativa de millones. Y, aun así, sabemos que no todas han llegado. Hay cuerpos que siguen siendo frontera, voces que no se escuchan aunque griten, saberes que aún no caben en el canon. La excepción no es victoria mientras no sea posibilidad para todas.

Porque abrir una puerta no basta si el umbral sigue filtrando a quienes considera “demasiado otras”. No basta con ocupar un cargo si las condiciones no cambian para quienes carecen de apellido, de redes o de recursos. La inclusión no es solo presencia: es transformación. Es revisar el modelo, cuestionar el sistema, rehacer el lenguaje.

Hoy, el gesto de Irene se alarga, no para vigilar, sino para acompañar. Para recordarnos que el conocimiento no se acumula: se comparte. Que el poder, si no transforma, no sirve. Que educar no es solo enseñar lo sabido, sino abrir espacio a lo que nunca se dijo.

No se trata de multiplicar estatuas, sino de derribar exclusiones. De que el reconocimiento no dependa del azar, del cuerpo, del origen ni del código postal. Porque el verdadero triunfo no está en tener una primera presidenta, una primera rectora, una primera alcaldesa, sino en que un día, eso deje de ser noticia.

Ese día, Irene podrá descansar. No en bronce, sino en justicia. No como una excepción, sino como la semilla de una costumbre. Ese día, no solo habremos llegado muchas. Habremos llegado todas.

Antes del fin

Un día, tal vez, dejaremos de contar cuántas llegaron, y empezaremos a medir cuánto cambió el mundo con su paso. No por quién abrió la puerta, sino por todo lo que fue posible después. Ese día, los nombres no importarán tanto como los ecos. Y en esos ecos, tal vez, escuchemos por fin a las que nunca pudieron hablar, no como ausencia, sino como horizonte.

En memoria de Irene Robledo, refundadora de la Universidad de Guadalajara.

Nadine Cortés

Nadine Cortés

Abogada especialista en gestión de políticas migratorias internacionales.

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