Costo de oportunidad

Libertad, Igualdad, Fraternidad

Libertad, igualdad y fraternidad: Manuel J. Molano analiza las tensiones entre migración, religión, Estado de bienestar y Estado de derecho en Francia.

La ambición de los revolucionarios franceses en 1789, resumida en las tres palabras del lema de la República – Libertad, Igualdad, Fraternidad – siempre me ha resultado preocupante, porque creo que el ideario empuja las fronteras de lo posible. No cabe duda, que esa era la idea de la Revolución Francesa: acabar con todas las injusticias de una buena vez. Pero, siempre he pensado que, de las tres palabras del ideario, solamente puedes obtener dos de tres, máximo.

Si tienes libertad e igualdad, no hay fraternidad. Un colectivo con integrantes libres e iguales tendría que comportarse de manera egoísta y poco solidaria respecto a otros. Si tienes libertad y fraternidad, no habría igualdad; gente libre y solidaria, tendría que cerrar el grupo de beneficios que nos hermanan a un grupo limitado, y por lo tanto, la sociedad resultante sería desigual. Si logras igualdad y fraternidad universales, la libertad sufriría, como prueban los ejemplos de los países socialistas, que trataron de igualar a los desiguales y hermanar a los enemigos, y terminaron por coartar las decisiones individuales. Siempre hay un costo de oportunidad: como sociedad, renunciamos a algunas cosas por ir en pos de otras.

Es más: del ideario francés, logras dos de tres si tienes suerte. Es mucho más probable que logres uno de los tres ideales. En la Francia actual, no hay libertad, porque hay grupos que imponen su voluntad a los demás. No hay fraternidad, porque la cobija no alcanza, y se la están jaloneando; ciertamente no hay igualdad, porque perseguir la igualdad de los desiguales es un despropósito. Los seres humanos nacemos desiguales, y eso nos da ventajas y desventajas en los intercambios de mercado y sociales, pero de las propias diferencias, surge la necesidad de intercambiar.

Es tentador pensar en la violencia actual de Francia como consecuencia de la religión musulmana, incompatible con Occidente. No termino de descartar esa hipótesis. Pensadores más inteligentes y estudiados que yo pintan una raya entre el islam, una religión como cualquier otra que las personas pueden practicar y que no tiene que interferir con su interacción social, y el islamismo, que busca sustituir a las instituciones y leyes de Occidente, en el caso francés las emanadas de la más reciente República Francesa, que sigue inspirada en el ideario de 1789.

Yo no vivo allá. Ni siquiera hablo la lengua bien. Son nuestros primos latinos, y en una de esas creemos que los entendemos; pero cada persona es un mundo. ¿Podemos caracterizar a un colectivo? Sin embargo, leo a gente francesa que está preocupada porque ciertas organizaciones, como la Hermandad Musulmana, cubren todas las necesidades de gente muy joven y resentida, desde la mezquita. Un joven musulmán inmigrante en Francia cada vez depende menos del Estado francés; prácticamente no tiene que interactuar con él. Si no necesitas los beneficios, mucho menos requieres cumplir con las leyes y pagar los impuestos. Quizá ahí empieza el problema.

Claro, tendré que soltar mi opinión de ultraderecha. El islam no ha tenido un proceso de secularización. Es una religión que piensa que es la última, y que todos tendremos que convertirnos a su credo. Que cree que tiene que “espantar” en ciertas traducciones del árabe, “aterrorizar” en otras, a los infieles. Que piensa que las mujeres deben forrarse en tela para no despertar deseos impuros. Que no deja que las mujeres estudien y progresen.

Mi amigo Hans, desde regiones bávaras más cercanas a Francia que mi México lindo y querido, me explica que en Alemania hay un montón de musulmanes, y que el problema no es su religión; el problema está en renunciar a aplicar el Estado de derecho por algún tipo de lástima por el “buen salvaje”, una idea que no es francesa pero construida a partir de pensadores de allá. Pienso principalmente en Rousseau, aunque la idea es anterior a él. La civilización europea no es superior a la condición natural del hombre, y las instituciones traen la semilla de la corrupción y la desigualdad, y por ello el argumento anticolonial que está tan en boga hoy: no se puede justificar el ponerle reglas a otro con base en la superioridad de mi civilización.

Cuando el que ponía reglas y sojuzgaba estaba en Argelia, Marruecos o Camerún, no había problema. Hoy, esa gente está en Francia, y quieren ser parte de la toma de decisiones francesa. En una de esas, el Estado de bienestar, manirroto, no es compatible con la libre migración. Libertad, igualdad, fraternidad: escoge dos de tres.

COLUMNAS ANTERIORES

Más predial, menos renta
Ultraderecha y mega apreciación cambiaria

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.