Un amigo bajacaliforniano me envió un vídeo corto (o clip o reel, en estos tiempos) de la periodista Rosa María León, con una entrevista que le hizo a Luis de la Calle. El Dr. de la Calle es mi economista mexicano favorito, por mucho. En esa entrevista, (no sé la fecha), Luis dijo que hace 3 décadas, el presidente de México estuvo en China y allá le dijeron que el modelo de desarrollo de Shanghai lo habían aprendido en México, con el modelo maquilador, y que lo habían mejorado.
Por mayo del 2020, el presidente López Obrador decía que teníamos que dejar de medir el PIB y más bien medir “La Felicidad del Pueblo”. Eso se hace, aunque no es común. Por ejemplo, el gobierno de Bután dice que sigue la “Felicidad Interna Bruta”, y esta se elevó a nivel de meta constitucional, en 2008. Bután es una monarquía en el Himalaya, con menos de una centésima parte de la población de México, ubicado entre China e India. No tengo referencia de algún otro país que haya sustituido el PIB por la FIB. Muchos países miden el sentimiento de las personas, pero es una medida complementaria, no sustituta, del valor de los bienes y servicios de consumo final que produce una economía en un período dado, a la cual llamamos PIB.
Esto no está lejos de la evolución de la economía, al menos del paradigma marginalista. La teoría del consumo de los marginalistas (Jevons, Menger, Walras; 1870s) supone que las primeras unidades de cualquier bien que consume alguien, le dan más placer (utilidad, en palabras de Jeremy Bentham, o felicidad, en palabras de AMLO o de los butaneses). El primer chocolate de una caja que uno se come da mucha felicidad; después de 5 ó 6, te hostigas, te mareas un poco, y te causas picos de azúcar en sangre.
El problema es que comparar felicidad entre personas es difícil. Yo puedo saber que un chocolate me causa más placer que 24 de una sentada, y que una cerveza mexicana me gusta más que un cabernet chileno. Pero, agregar qué hace feliz a una sociedad, eso es más complicado. Quizá, ahorita que a México le está yendo bien en el Mundial de Futbol, la felicidad conjunta es máxima. Eso te diría que una política pública para que la gente esté feliz sería invertir en entrenamiento de futbolistas (o en cervezas, dice Samuel), pero también que mejor hay que sobornar a la FIFA para que México gane. Si bien, me encantaría ver a mis compatriotas contentos, cualquiera de las dos políticas sería subóptima, por donde se le vea. El costo de oportunidad de meterle dinero a esa forma de felicidad de nacionalismo atlético sería muy alto. Ahora, alguien podría decirme que quién soy yo, una especie de Sócrates moderno, para decirle a la sociedad que la felicidad del balonpié no es preferible a tener mastógrafos en los hospitales públicos, drenaje adecuado en las ciudades y control de crímenes violentos.
La Dra. Sheinbaum ha sido más sensata. El 25 de junio, dijo que el PIB no debe ser el único indicador para medir el desempeño económico, con lo cual estoy de acuerdo. También deben considerarse indicadores sobre distribución de la riqueza, reducción de la desigualdad y ampliación de derechos, dijo; aseveración con la que no estoy de acuerdo. Lo que debe importar para la política pública son la pobreza, la seguridad pública y la propiedad; no la desigualdad. La desigualdad habilita intercambios mutuamente beneficiosos en los mercados (usted tiene los recursos para pagar mi mano de obra, yo necesito dinero, y ambos queremos hacer esa transacción). También dijo la presidenta que “el crecimiento sigue siendo importante pero no basta para evaluar el desarrollo”. En esto estamos de acuerdo. Izquierdas y derechas podemos estar de acuerdo en dos de tres cosas.
Hace unos meses, nuestros alumnos de economía en la UDLAP invitaron a Luis de la Calle, y nos dijo algo parecido. Tú ves el desarrollo de una ciudad como Puebla, y no puedes entender que el crecimiento del PIB sea subpar. Algo nos estamos perdiendo en la película.
Hay que medir el Producto Bruto Total, que es la producción total de las empresas, como lo miden los censos económicos del Inegi. El PBT, a diferencia del PIB, mide también los insumos intermedios, no solamente bienes de consumo final. ¿Por qué? Bueno, porque los bajacalifornianos y los poblanos producimos bienes intermedios que se incorporan al PIB de la Ciudad de México, o Detroit, o Sttutgart. El PIB se queda corto en medir nuestro bienestar material, pero no hay que dejar de medirlo. De esto escribiré a la siguiente.