Fuera de la Caja

Derrumbe y caos

Hoy hay tensiones con sus aliados, PT y Verde, y aunque el PRI ha seguido perdiendo elementos, estos se han movido a otras partes, no a Morena.

Hace ya muchos meses, al menos desde junio del año pasado, esta columna ha insistido en el potencial derrumbe del actual grupo en el poder. Eso se debe a las características que lo definen: excluyente, indisciplinado, voraz e incompetente. Debido a lo primero, una vez alcanzado el poder, no han sabido incluir a nadie más. Para 2018 ya habían capturado casi todo el PRD y la mitad del PRI, y con eso se quedaron. Hoy hay tensiones con sus aliados, PT y Verde, y aunque el PRI ha seguido perdiendo elementos, estos se han movido a otras partes, no a Morena.

En segundo lugar, la subordinación al líder único no se transformó en disciplina, por lo que ahora hay conflictos al interior. Muchos colegas identifican dos grupos en las antípodas: los radicales, cuyo núcleo proviene de La Jornada, y los allegados a Sheinbaum. En medio, sin embargo, hay multitudes y hay liderazgos que también se mueven.

La voracidad mostrada en la corrupción y ostentación no creo que requiera muchas líneas. Decenas, tal vez centenares de miles de millones de pesos han sido sustraídos al erario para ser utilizados en campañas, pero también para dotar de patrimonio a centenares de personas que parece que sólo para eso querían alcanzar el poder.

Finalmente, a todo lo anterior han sido capaces de sumar una profunda incompetencia. Revirtieron la reforma energética y con ello han convertido a Pemex en una piedra en el pescuezo fiscal; lograron eliminar un tercio del valor agregado en la industria eléctrica, que hoy es incapaz de proveer la energía necesaria para mantenernos funcionando, ya no diga para facilitar nueva inversión; han colocado las finanzas públicas al borde de perder el grado de inversión, en parte construyendo obras públicas que siguen siendo deficitarias, en parte repartiendo dinero para comprar votos. En el camino, destruyeron cualquier capacidad del gobierno para cumplir sus funciones, desde las elementales como la seguridad nacional y la impartición de justicia hasta las que la población más aquilata: salud, seguridad, infraestructura.

La inercia, y ese billón de pesos de compra de votos, parecerían ser suficientes para mantenerlos en el poder, pero el costo que transfirieron a la población ha ido minando esas ventajas. Creo que no es más evidente por la ausencia de una oposición estructurada, pero en las últimas semanas ha sido claro que, a nivel local, eso está cambiando. No hay todavía una oferta política para reemplazar a Morena a nivel nacional, pero sí en varios estados, y sí lo suficiente para borrar la mayoría calificada que hoy tienen, gracias al golpe de Estado de 2024.

Pero esto ocurre en un país que ya no tiene ley, ni un sistema electoral autónomo. En consecuencia, avanzamos hacia el robo de la elección. Al menos esa es la intención, pero está en duda su éxito. Por un lado, todo indica que tendremos sacudidas notables a nivel global, que no pueden evitarse ni aislando al país ni apelando a la soberanía; por otro, es posible que la velocidad del deterioro supere lo esperado y haga muy difícil ocultar la voluntad ciudadana. Finalmente, ya tenemos la experiencia del fracaso de los fraudes electorales desde mediados de los 80 hasta mediados de los 90, que derrumbaron un sistema político mucho más sólido que el mazacote actual.

Así que esta columna mantiene su escenario de derrumbe, pero también del caos posterior, precisamente por la falta de esa oposición ordenada y estratégica. En las próximas semanas tendremos una mejor idea del caos global, que nos permitirá acotar las posibles dinámicas internas, nuestro propio caos. Es demasiado pronto para saber si las cosas pueden mejorar o, como es más frecuente, se cumple el adagio: todo siempre puede ser peor. Paciencia.

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