Fuera de la Caja

Paternalismo

Se tiene la idea de que hay que cuidar a los ciudadanos de la información que reciben, porque, supongo, ellos solos no pueden. Esta posición paternalista es muy natural en México, que ha sido gobernado así casi toda su existencia.

El tema que se ha llevado la discusión pública en los últimos días es eso que llaman “derechos de las audiencias”. Se tiene la idea de que hay que cuidar a los ciudadanos de la información que reciben, porque, supongo, ellos solos no pueden. Esta posición paternalista es muy natural en México, que ha sido gobernado así casi toda su existencia. No es por ello raro que este tema haya nacido en los tiempos de Peña Nieto, y ahora se aproveche, no solo con ese afán de guiar al pueblo por el camino correcto, sino también porque ya es lo único que les queda.

El gobierno de los últimos ocho años ha sido un gran fracaso, y usted lo sabe porque lo hemos comentado mucho. Sus afanes destructivos sí han tenido éxito, pero no los intentos de construir algo en lugar de lo derruido. Se dilapidaron fortunas en proyectos absurdos que hoy pierden dinero, como el Tren Maya, el AIFA, Dos Bocas, Mexicana, o de plano están cerrados, como la farmaciotota de 15 mil millones de pesos. Se destruyó la confianza con el fin del aeropuerto de Ciudad de México, y se enterró lo que quedaba con la destrucción del Poder Judicial. Sin inversión, se pierde capacidad de crecimiento a futuro, pero también pega en el presente.

Ahí se ha buscado mantener el crecimiento con base en reparto de efectivo, que además sirve para comprar votos, y con la presión para incrementar el salario mínimo, con el mismo efecto adicional. Ambas vías han llegado a su tope. La primera, porque ya no hay dinero en el gobierno; la segunda, porque el impacto en empleo ya es muy evidente. Esto reduce la posibilidad de que el consumo siga jalando la economía, aun con un dólar barato. El milagro de las exportaciones de equipo de cómputo ha permitido un año de estancamiento y no de contracción, pero no durará por siempre.

Más allá de la economía, el deterioro de la seguridad, la infraestructura, el abandono del sistema de salud y el desastre de la Nueva Escuela Mexicana abonan a esa interpretación: son un gran fracaso. Lo único que muchos le reconocen a este gobierno de ocho años es un mayor ingreso para un segmento de población (grande), que es precisamente resultado de ese reparto y del incremento al mínimo, que ya han iniciado la reacción natural: ajuste financiero y contracción de empleo. En algunos sectores, eso ya se nota e inicia el desencanto. Otros lo verán pronto. Es la repetición de lo que ocurrió en los años 70, de grandes incrementos salariales que, en la década siguiente, se convirtieron en una tragedia. Lo dijimos con tiempo, pero nadie escarmienta en cabeza ajena.

Frente a ese desastre, no le queda al gobierno sino seguir mintiendo, como lo han hecho los ocho años. Eligieron gobernar desde la mañanera, seguros de que el control del discurso les permitiría mantener el poder por décadas. Pero ya conoce usted el dicho: no se puede engañar a todos, todo el tiempo. Fueron casi todos, llevan ocho años.

Quieren defender su última trinchera acallando al resto de los mexicanos. Que solo su voz se escuche. Quieren disfrazarlo con paternalismo: cuidar las impolutas mentes de los súbditos, del pueblo bueno.

La famosa descripción de Hemingway del proceso que lleva a la bancarrota me parece aplicable: primero, poco a poco; después, de golpe. Así va transcurriendo este tercer intento de convertir a México en un país guiado por la vanguardia iluminada. El cardenismo fue desplazado por ser inútil, pero se aprovechó su discurso; el echeverrismo nos hundió en esa década perdida que dejó lisiado al país; el obradorismo, espero, será la implosión definitiva de ese viejo cuento.

El despertar, sin embargo, será cruel.

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