En las últimas semanas hemos hablado de economía más que de otros temas. En pocos días habrá que regresar a eso, conforme tengamos información de lo ocurrido en diciembre, y los primeros datos de enero, que al menos en la información de alta frecuencia se ven muy mal. Pero en el tema político interno y en el entorno internacional, enero fue extraordinario.
Prácticamente iniciamos el año con la captura de Nicolás Maduro, a lo que ha seguido un proceso de protectorado estadounidense sobre Venezuela, encargado a los hermanos Rodríguez, según parece. En principio, esto llevaría al debilitamiento de Diosdado Cabello y, con él, de las fuerzas bolivarianas, lo que permitiría, ahora sí, empezar una transición en ese país. No hay nada escrito, ni sabemos bien los planes de los diversos tomadores de decisiones en Estados Unidos, pero esta parece ser la dirección principal por el momento.
Casi de inmediato arreció el temporal sobre Cuba. Después de seis décadas en las que los defensores de Castro insistían en que el fracaso cubano se debía al bloqueo, por fin tienen un bloqueo de verdad. Estados Unidos ha declarado que no acepta ventas de petróleo a Cuba e incluso México, de manera soberana, ha acatado las instrucciones. Ya este fin de semana se tuvieron que reducir las actividades en la isla y, aunque dicen que podrían aguantar varias semanas más, eso está por verse. No dudaría que en pocos días empecemos a conocer cuál es el camino de transición en Cuba.
También en esta región, Panamá acaba de cancelar los convenios que tenía para la administración del Canal, tanto en la entrada del Atlántico como en la del Pacífico. China ha iniciado trámites para arbitraje internacional para impedirlo. En Perú, algo similar empieza a ocurrir en el puerto de Chancay, ese sí construido por China, pero que también quiere Estados Unidos que cambie de manos.
Con mucha rapidez, aunque en el día a día parezca algo eterno, se va aplicando la estrategia de control sobre el hemisferio occidental, pero especialmente en el triángulo formado por Colombia, Venezuela y México. La genuflexión de Gustavo Petro es clave en este proceso, con lo que lo único que queda por aclarar es la punta norte del triángulo.
Al respecto, renunció Adán Augusto López a la coordinación de Morena en el Senado, mientras que fue detenido el alcalde de Tequila por trabajar para el cártel Jalisco. Ambos asuntos ocurrieron en la última semana, ya en febrero, y podría uno imaginarlos como eventos independientes. No sugiero relación directa entre ambos personajes. Más bien los percibo como pasos novedosos en un proceso que ya dejó atrás el envío de jubilados y que, sin ir a fondo, se acerca a esa relación entre crimen organizado y gobierno que, si bien ha existido siempre, alcanzó niveles escandalosos en los últimos siete años. No se ganaban elecciones con apoyo del crimen, no se les entregaba la población para el saqueo, no se robaban cientos de miles de millones de pesos contrabandeando combustible. Eso sólo lo han hecho los actuales.
La vulnerabilidad del gobierno mexicano ya la hemos comentado en varias ocasiones: desde el abandono de foros multilaterales hasta la lumpenización del servicio exterior que nos han colocado, como dice el embajador Sarukhán, como parte del menú. Desde el entramado criminal de los grupos de base hasta gobernadores coludidos. Desde la destrucción del sector energético hasta el derrumbe de las finanzas públicas. Por donde se vea, México es hoy más débil. Pero en este entorno tan complicado y con esta posición tan débil, la única preocupación que se percibe en la señora Sheinbaum es cambiar las reglas electorales para ganar a toda costa.
Como si pudiéramos estar seguros de llegar a 2027.