La Aldea

Lecciones brasileñas

Los programas sociales no alcanzan para ganar elecciones, aunque una parte importante del electorado asegure su voto por el dinero que recibe.

Desde el resultado del pasado domingo con la victoria, ciertamente estrecha y cerrada, de Flávio Bolsonaro sobre Luiz Inácio Lula da Silva en las elecciones presidenciales de Brasil, han aparecido múltiples análisis y reflexiones acerca de los errores cometidos por el presidente en su campaña, la desconexión con buena parte del electorado y el extendido descontento en un amplio sector de la ciudadanía.

Al observar el mapa de los resultados, la zona norte, este y noreste del Brasil está claramente en manos del PT (Partido de los Trabajadores), históricamente el partido del presidente.

Mientras que el sur y el oeste de Brasil están en manos de la oposición bolsonarista.

El país está claramente partido a la mitad. Y esa división geográfica corresponde a los números arrojados en las urnas: 47% para Flávio Bolsonaro, 45% para Lula da Silva.

Es un país dividido, confrontado, con dos visiones de gobierno, de Estado y de nación.

Quien se niegue a la lectura precisa del diagnóstico en esta primera jornada electoral, cometerá un error definitivo.

Lula declaró su sorpresa con los resultados. Estaba seguro de una victoria simple en la primera vuelta.

Algo no leyó bien.

Uno de los señalamientos más certeros para la campaña del presidente apunta a la necedad de Lula, empeñado en construir su campaña en torno a su propia persona, a su legado, a los logros de sus muchos años de gobierno (tres periodos presidenciales, alternados con cárcel de por medio y el regreso a la política después del controvertido gobierno de Bolsonaro padre).

Lula desoyó a consultores y asesores que lo invitaban a lanzar una campaña con mensajes cercanos a la gente, con respuestas modernas y actualizadas a los problemas de Brasil.

Lula se negó, prefirió apuntalar su imagen, su trayectoria y su obra a lo largo de 12 años de gobierno alternado.

Un segmento importante del electorado está con él, aún lo apoya, respalda sus programas económicos y sociales que han sacado a millones de brasileños de la pobreza. Pero no fue suficiente: los programas sociales no alcanzan para ganar una elección sustentada en la personalidad “victoriosa” de un caudillo.

Otro sector del electorado, en este caso marginalmente mayoritario, quiere otro Brasil, un país pujante, con inversiones, que apunte a la modernidad y a la relación con el mundo, con un gobierno eficiente, sin amigos, compadres o favoritos.

Una de las quejas de los votantes el domingo exhibe a un gobierno de colegas y amigos de Lula, no necesariamente preparados para ejercer sus cargos. Un gobierno ineficiente que dejó de ofrecer alternativas para una parte importante de la población.

Pareciera un diagnóstico anticipado para Claudia Sheinbaum y Morena en México.

Los programas sociales no alcanzan para ganar elecciones, aunque una parte importante del electorado asegure su voto por el dinero que recibe. Se escucha mal, parece compra de votos —como Trump quiere hacer ilegalmente en Estados Unidos—, pero es lo que es.

Garantía de votos a cambio de dinero.

Pero no alcanza porque hay otros sectores de la sociedad que quieren otro país, pujante, productivo, con inversión, con seguridad a prueba de narcobalas, pero, sobre todo, sin corrupción que lo invade y lo contamina todo.

El actual gobierno de México, encabezado por la presidenta Sheinbaum, se ha negado sistemáticamente a abrir carpetas de investigación en torno al círculo cercano de su antecesor. Los hijos de Andrés Manuel, los compadres políticos envueltos en evidentes actos de contrabando, huachicoleo, extorsión, lavado de dinero y colusión con el crimen organizado, saltan a la vista todos los días: Amílcar, Adán Augusto, Andy, Rocha Moya y tantos más ocultos bajo las cabezas visibles.

Si este gobierno no inicia con firmeza, transparencia y absoluto apego al frágil Estado de derecho una auténtica campaña anticorrupción contra sus propios correligionarios en las filas de Morena y los gobiernos estatales, el electorado para el 2027 pudiera arrojar una respuesta tan negativa como en Brasil.

Los programas sociales no alcanzan para cubrir la falta de crecimiento, la raquítica inversión, la caída del empleo, los pésimos servicios de salud y la decadente educación pública de México.

Pero sobre todo, no ocultan la rampante corrupción de líderes morenistas que buscarán fuero y protección constitucional en 2027, como el propio Andy y hasta Pío López Obrador.

Lula se empeñó en cantar sus logros —muchos de ellos indudables—, pero olvidó a los descontentos, a los que no representa, a los que quieren y piden un mejor país.

Si Morena no escucha a los millones de mexicanos que no se sienten representados por sus premisas, políticas y programas de gobierno, pudieran llevarse una sonora sorpresa en las elecciones intermedias.

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