El pasado martes, la iniciativa presidencial para prohibir el nepotismo y la reelección inmediata a familiares y parientes en primer grado del gobernante saliente fue aprobada en el Senado.
Todas las fuerzas políticas acordaron que un paso de madurez democrática —escuche usted— consistía en impedir este traslado desaseado de cargo y puestos a parientes y familiares.
Hasta ahí muy bien, la verdad admirable, considerando que la iniciativa venía de Morena y de la presidenta.
Pero ¡vaya sorpresa! La que nos tenían reservada el Partido Verde (PVEM) y el líder de Morena en el Senado, Adán Augusto López.
Que siempre no en este momento la entrada en vigor de la iniciativa, sino más bien, hasta las elecciones del 2030.
Es decir, estos “visionarios” legisladores, comprometidos con el futuro de México, legislaron con 5 años de anticipación. ¿Qué le parece?
No existe en ningún lugar del mundo un Congreso que legisle analizando problemas del presente, de la coyuntura y el contexto político de este momento, pero posponga la iniciativa de ley que corrija el problema por 5 años. ¡Inaudito!
¿Qué está detrás de todo esto? Los intereses particulares de dinastías, clanes familiares y matrimonios, que, cual gobierno poblano —los difuntos Moreno Valle y su señora esposa que se entregaron el poder con el interludio del señor Gali por dos años— pretenden perpetuarse en los cargos de elección popular.
Los más notables son los gobiernos estatales: Guerrero, los Salgado (Evelyn y su padre, Félix); Zacatecas y el prolífico clan Monreal, que llevan rondando, ejerciendo y traspasándose el poder los últimos 18 años cuando menos (Ricardo, David, Saúl), aunque el hoy diputado Monreal afirme que ganaron el voto popular: es correcto, nadie lo niega, pero todos sabemos cómo operan los partidos para “obtener, orientar, gestionar” el voto popular. Y ahora hasta San Luis Potosí con el gobernador Ricardo Gallardo Cardona, que tiene pretensiones de prolongar su mandato a través de su esposa y el Partido Verde.
Pero estos son solo los de hasta arriba, los más notables, como decía López Obrador. En las presidencias municipales, en las alcaldías de México, esto sucede hace años y de forma cínica, abierta y patrimonial.
La iniciativa de la presidenta parecía sensata y, al mismo tiempo, con un giro político interesante al tomar control de las lealtades legislativas para 2027.
Si esta reforma pasa y entra en vigor, quien aprobará las listas de todas las diputadas y sus colegas masculinos será Claudia Sheinbaum, y no las lealtades cruzadas que hoy se viven entre el patriarca y la presidenta.
Pero algo pasó entre Adán y su compadre Manuel Velasco —próceres ambos de la democracia y la honradez política en México— que se brincaron la iniciativa presidencial.
Le corrigieron la plana a la presidenta, ni más ni menos, y la patearon para el 2030.
Aquí no se trata, amable lector, de lo que es más conveniente para México.
No se trata del compromiso supremo que tienen los partidos (Morena, que lo canta como tarabilla) de servir al pueblo de México por encima de todo interés personal y particular.
Aquí se trata de conservar el poder. De instalarse cual lacras y de evitar en lo posible la competencia con otras fuerzas, débiles o potentes, pero competencia real en las urnas.
Un gobernante que promueve, empuja, apoya a su candidato o candidata a que lo suceda (AMLO-Claudia) en el cargo, tiene acceso a todos los recursos y herramientas que le otorga su cargo (Ejecutivo, Legislativo, municipal, estatal). Y como resulta evidente, la competencia carece de condiciones de equidad, como hemos presenciado en tiempos recientes.
Esa izquierda mexicana que se quejó por años de que el PRI y el PAN competían con ventaja, distribuyendo programas sociales, comprando votos, utilizando recursos del Estado y tantas otras cosas más, se olvidó de su discurso y sus compromisos en cuanto llegó al poder.
El PRD impulsó iniciativas para emparejar las elecciones, para prohibir la publicidad en campaña, para detener o suspender programas sociales en elecciones.
Morena y López Obrador atropellaron todos esos principios legales y hoy son los dueños del país.
La presidenta, en un ejercicio democrático, pretendió corregir los excesos familiares y los abusos, pero los capos del Senado se lo impidieron.
Los partidos son mezquinos, guiados por la ambición, por los cargos y, por supuesto, el acceso al presupuesto, a los contratos, a las canonjías del poder.
Ninguno está exento. Morena no es distinto de sus antecesores, y el Verde es la más vil, ruin y mercenaria expresión política.
Pero si Claudia Sheinbaum besó la mano de Manuel Velasco y su larga trayectoria de negocios, dineros y propiedades en Chiapas el mismísimo día de su toma de posesión en televisión nacional, pues no es de extrañar que este tipo de triquiñuelas sean toleradas, permitidas y respaldadas. La mezquindad partidista que lo abarca y lo contamina todo.