La memoria es un músculo entrenado para recordar lo importante y olvidar lo insoportable. Hace unos meses, un olor a tierra mojada devolvió a Karen Galicia Arroyo a sus recuerdos. Caminaba en Portland, Oregon, junto a su hija menor, cuando la niña aspiró el aire frío y sentenció que olía a México. Por una fracción de segundo, el asfalto húmedo del norte se volvió patria. “Fue un microsegundo, pero me sentí de vuelta en México, libre y feliz”, recuerda.
En Estados Unidos, durante los últimos 31 años, Karen estudió, trabajó, se casó, tuvo dos hijas, se divorció y se volvió a casar. Construyó el andamiaje de una vida en Portland que hoy, bajo la administración de Donald Trump, se desmorona. Desde 2012 era beneficiaria de DACA, el programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia que protegía de la deportación a indocumentados elegibles que hubieran ingresado al país siendo niños, porque la migración infantil es un tren al que te suben sin preguntarte. Arranca alejándote de tu mundo con la promesa de un destino próspero, pero al crecer descubres que una parte de la sociedad a la que llegaste no reconoce tu derecho a estar a bordo.
En 1995, ella y su madre viajaron a EU con visas de turista; en cambio, su padre y sus dos hermanas menores cruzaron la frontera sin papeles. Durmiendo en parques públicos y soportando detenciones. “A los 14 años dejé mis Barbies guardadas en México. Creí que volvería por ellas”.
La familia llegó a Oregon, invitada al departamento de una tía que apenas una semana después los echó a la calle. Al día siguiente, encontraron un cuarto diminuto en un motel financiado por el programa Caridades Católicas.

En la escuela, Karen se hizo invisible. Decidió no decir nada, consciente de que sus padres sufrían. El silencio del migrante es una armadura que de ser protección cambia con los años a ser una carga.
La fractura que ya se gestaba se rompió cuando inició la renovación bianual de su permiso laboral ligado a DACA, un trámite que normalmente demoraba entre uno y dos meses. Esta vez, el proceso se estancó en un hoyo negro que suma casi ocho meses. En junio, al expirar su documento, Karen perdió su empleo en el distrito escolar donde laboró por 12 años. Se quedó sin sueldo, sin rutina y sin la coartada que le otorgaba una especie de sentido de pertenencia a un país que, ahora sabe, nunca fue el suyo.
Ahí descubrió que el racismo es un animal paciente: espera en la sombra hasta que un discurso presidencial le quita la correa. “Los racistas de clóset comenzaron a salir con más frecuencia, envalentonados por el presidente. Vas a la tienda y piensas que cualquiera puede decirte que no perteneces aquí”, relata.
El territorio que habitó por tres décadas, y que alguna vez llamó hogar, se transformó en un campo minado. Desde que venció su permiso DACA, el miedo a ser deportada se convirtió en un pasajero silencioso que la acompaña en cada salida rutinaria.

A sus 45 años, casada con el también migrante Ángel Contreras Cruz, el sistema decretó su invisibilidad. “No puedes trabajar, ni hacer muchas cosas en un lugar donde no te quieren”, reconoce. Es por eso que hoy, 31 años después, Karen y su familia se alistan para volver a México. Venderán su casa y dejarán atrás lo que fueron. Sin embargo, la mayor cuota por pagar no es la pérdida material de lo que construyeron, sino la amputación de una de sus extremidades emocionales. “Mi hija mayor me dijo que quería quedarse a estudiar la universidad en Estados Unidos. Tengo que respetar su decisión. Nos regresamos mi esposo, mi hija menor y yo”.
Karen sabe que algunos interpretarán su regreso a México como una traición al sacrificio que hicieron sus padres al cruzar a EU, pero ella lo asume como un acto de libertad. “Agradezco su sacrificio, pero ya soy adulta. No soy la niña que trajeron. Quiero ser libre, y en Estados Unidos no tengo esa libertad”. Karen comenzó a despedirse de las paredes del motel de las primeras noches, del silencio y del frío. Tres décadas después, comienza a desandar el camino de vuelta a su casa.“Por lo que sé ahora no hubiera emigrado nunca, pero por lo que aprendí y por quien soy ahora no me arrepiento”. Actualmente escribe su autobiografía que espera publicar muy pronto.
Nota de la autora: Esta columna forma parte de una serie quincenal sobre la vida de los migrantes. Si tienes una historia que contar escribe krodriguezv@elfinanciero.com.mx
