Autonomía Relativa

El juicio sobre las candidatas

Seguro que la vara con que se mide a quienes aspiran a la presidencia de la República es más alta para las dos mujeres que para el candidato que representa la masculinidad.

Mucho se ha dicho desde el año pasado sobre la inminencia de que México será gobernado por una mujer a partir de octubre de este año. Es una muy buena noticia en un país de machos cuya conducta para con las mujeres y sus problemas deja mucho que desear. Lejos de ser un problema de ideologías, es un tema que nos toca colectiva y personalmente. El hecho de tener dos candidatas en la competencia y de que tendremos una presidenta, sin duda ayudará a acelerar y profundizar ese proceso social.

Hay en la contienda presidencial dos mujeres y un hombre. Jorge Álvarez Máynez es el candidato de MC que representará, a querer o no, la parte masculina en la contienda y es a lo que me quiero referir en este texto. Como es de todos conocido, el candidato naranja protagonizó un asunto para muchos vergonzoso hace unos días en un video en redes sociales. El candidato ofreció una disculpa por la escena y todo indica que la imagen protagonizada en ese video lo perseguirá un buen tiempo. A ese respecto el día de ayer en El País, Sonia Corona publicó un texto titulado “¿Toleraríamos el video de la juerga de Álvarez Máynez si fuera Sheinbaum o Gálvez?”. En el artículo Corona puntualiza y cuestiona: “Es una muestra de la naturaleza de su entorno –captada por el mismo candidato con su teléfono– de rebosante masculinidad y sin el menor reparo para mostrar una conducta validada por sus acompañantes. La ligereza con la que se ha analizado el incidente y la serie de excusas que le han seguido a la publicación plantean la duda sobre si las candidatas mujeres sobrevivirían a un ‘desliz’ de este tipo”. Es un cuestionamiento impecable y muy a tono con el momento político: ¿sobreviviría una candiadata a un evento de esa naturaleza?

Se sabe, pero se dice poco y se practica menos: a las mujeres se les exige el doble (por lo menos). Todo pasa por el escrutinio severo de la críticas, que si hace esto, que si dice el otro, que si puso aquello, que si volteó así, que si su mirada, sus dientes, su tono de voz, el suéter, la bolsa, el marido, la dureza, la simpleza, todo por la lupa. Tanto Claudia como Xóchitl han pasado por la revisión de su comportamiento, sus palabras, su apariencia. Que si Gálvez era una malhablada vulgar, que si Claudia se alacia el pelo, que si anda con la sonrisa congelada. Nada se les permite.

Mary Beard, en su libro Mujeres y poder (ed. Crítica), menciona que hay una suerte de exigencia de “mascunilización” de las mujeres en el poder y recuerda que Margaret Tatcher tuvo que reeducar su voz porque era muy aguda. Sobre ese tema Angela Merkel comentó en una entrevista: “La voz de una mujer no es tan grave ni tan fuerte como la de un hombre. Para una mujer, irradiar autoridad es algo que se tiene que aprender. Y luego está, por supuesto, la discusión sobre cómo voy vestida.”

En su texto, Sonia Corona se pregunta si la vara con que se mide a quienes aspiran a la Presidencia es más alta para las dos mujeres. Seguro que lo es. Nuestro marco mental procesa como positiva la ambición masculina, no la femenina. Merkel decía cuando todavía era opositora en 1998: “Muchos creen que porque tengo una apariencia amistosa e insignificante, pueden hacer conmigo lo que les dé la gana. Pero las cosas no son del todo como se las imaginan. Atacar me resulta más fácil de lo que muchos piensan”.

En esas andamos con las candidatas. Viéndolas con sospecha, poniendo obstáculos a su forma de ser, exigiendo que agraden, que cambien, que no sean ellas mismas. Por eso, entre muchas otras cosas, será positivo el triunfo de una mujer. A ver si aprendemos.

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