Hay decisiones que cuestan. La carta que el embajador de México en Nicaragua envió a Daniel Ortega y Rosario Murillo, expresándoles “cariño y admiración”, no fue un desliz personal: se firmó en representación del Estado mexicano y refleja la política exterior del gobierno de Claudia Sheinbaum. Es un agravio para quienes esa dictadura ha perseguido, encarcelado, desaparecido y desterrado. Es, además, una señal desconcertante en un momento en que a México le convendría demostrar que es un aliado democrático y confiable de Estados Unidos.
Sheinbaum tuvo la oportunidad de desautorizar públicamente esa carta cuando fue cuestionada sobre ella en su conferencia matutina. Al no deslindarse, dejó claro que esa expresión hacia Ortega y Murillo contaba con el respaldo de su gobierno. La pregunta inevitable es: ¿admiración por qué?
¿Por convertir a Nicaragua en una dictadura familiar? ¿Por matar, encarcelar y desterrar opositores? ¿Por cerrar universidades y organizaciones civiles? ¿Por perseguir periodistas? ¿Por expulsar obispos y sacerdotes y confiscar bienes de la Iglesia? ¿O por despojar de su nacionalidad a cientos de nicaragüenses, convirtiéndolos en apátridas?
Ninguna de esas preguntas admite una respuesta compatible con el discurso del gobierno mexicano sobre justicia social y defensa de los más vulnerables. Un gobierno que dice gobernar para los de abajo no puede mandar afecto a quienes convirtieron a su país en una cárcel. Ese es el fondo del asunto y no se resuelve con explicaciones protocolarias. Pero hay algo más. La postura de México frente a Nicaragua no sólo es indefendible en lo moral, también es un error de cálculo y llega en el peor momento posible.
En Palacio Nacional y en la 4T parece existir la creencia de que la relación con Estados Unidos depende exclusivamente de Trump. Es una visión equivocada. La política hacia México no se diseña sólo en el Despacho Oval. En el Congreso, el Departamento de Estado, el Pentágono, la comunidad de inteligencia y los principales think tanks se construyen diagnósticos permanentes sobre qué tan confiable es México como aliado. Son instituciones que permanecerán después de Trump.
Washington toma nota de todo, la postura de México frente a China, sus votos en organismos internacionales, su actitud frente a las dictaduras latinoamericanas y hasta las cartas de sus embajadores. Ninguno de esos hechos determina por sí solo la relación bilateral, pero todos forman una percepción. En política internacional las percepciones terminan convirtiéndose en decisiones.
La contradicción se vuelve más evidente al observar el entorno de Ortega y Murillo. Nicaragua ha estrechado sus vínculos con Rusia, China e Irán. China se ha convertido en uno de los principales respaldos económicos del régimen y Rusia ha profundizado su cooperación en seguridad. Mientras tanto, un representante del Estado mexicano expresa públicamente “cariño y admiración” hacia sus gobernantes.
La desconfianza, sin embargo, ya no es únicamente política. El 13 de agosto la Casa Blanca publicó The Great Transshipment Scam, un informe que acusa a más de cuarenta países de servir de puente para que China evada los aranceles estadounidenses mediante reempaque, ensamblaje limitado, etiquetado engañoso y alteración de documentos de origen. México aparece en el primer grupo de países señalados, junto con Canadá, Japón, Corea del Sur y la Unión Europea.
El costo calculado para el fisco estadounidense: entre 19 mil y 26 mil millones de dólares al año.
México corre así el riesgo de ser visto en Washington como un doble caballo de Troya de China: políticamente, respaldando a un régimen como el de Ortega, cada vez más alineado con Beijing; y comercialmente, permitiendo que su territorio sea utilizado para triangular productos chinos que buscan eludir las barreras estadounidenses. Juntos, ambos hechos alimentan una percepción peligrosa. Que México quiere los beneficios de ser un socio estratégico de Estados Unidos sin asumir plenamente las responsabilidades que esa condición implica.
La importancia de estas señales va mucho más allá de una carta diplomática o una controversia comercial. México enfrentará decisiones fundamentales, la revisión anual del T-MEC, las cadenas de suministro estratégicas y las inversiones vinculadas con la competencia tecnológica y geopolítica entre Estados Unidos y China.
Pensar que esas discusiones se resolverán únicamente con argumentos económicos es repetir el mismo error cometido en la negociación del T-MEC. Washington no analiza su relación económica sólo en términos de costos. La confiabilidad de los socios son ahora elementos centrales. La confianza estratégica es hoy un activo tan importante como la competitividad. La carta enviada desde Managua no será olvidada. Tampoco los señalamientos sobre triangulación comercial. Se sumarán a otros episodios, desde “abrazos, no balazos” hasta las diferencias en seguridad, energía y política exterior.
Cuando llegue el momento de discutir el futuro del T-MEC, las cadenas de suministro o cualquier otro tema estratégico, México descubrirá que la confianza también se negocia. Esa negociación empezó mucho antes de sentarse a la mesa.