“El liderazgo no es cuestión de técnicas. Es cuestión de ser persona”.
Carlos Llano
Un recuerdo que se vuelve presente
La semana pasada me invitaron a dar una conferencia para Ford México. Me solicitaron el tema “El director como persona”, según las ideas del Dr. Carlos Llano, a quien, como mis estimados lectores saben, cito con frecuencia.
Conocí a Carlos Llano en 1977, en las clases inaugurales de la maestría del IPADE; clases que recuerdo con nitidez. Después sería mi maestro, mi jefe y, sobre todo, un amigo entrañable.
Hoy, al hablar de dirección, pienso en su forma única de conjugar filosofía profunda con la realidad —y los dilemas— de los directivos. Llano era capaz de cuestionar a un director general con humor y, al mismo tiempo, con una precisión quirúrgica.
Entre dashboards que nadie entiende, juntas eternas y PowerPoints que prometen “transformación”, muchos directores olvidan lo obvio: liderar no es llenar celdas en Excel, es aprender a ser persona. Carlos Llano lo decía con una sonrisa, con una ceja levantada —y con razón—: “Quien no sabe mandarse a sí mismo, no sabrá mandar a otros”. Pero claro, eso no viene en el manual… Tal vez sea hora de bajarnos del pedestal, ponernos los lentes y recordar que el liderazgo empieza en el espejo… no en el PowerPoint.
Más que técnica, humanidad
Llano insistía en algo que hoy sigue siendo vigente: la autoridad directiva no nace de técnicas ni de títulos, sino de atributos profundamente humanos. Estos son, según él, los pilares de un director que aspira a liderar con sentido:
Integridad. Vivir como se piensa, actuar como se habla, inspirar confianza por coherencia, no por discurso.
Humildad. Reconocer límites, pedir consejo, escuchar más de lo que se habla. La humildad, decía, “es la base de toda virtud”.
Objetividad. Ver la realidad como es, no como nos gustaría que fuera. Separar hechos de opiniones, sobre todo en momentos críticos.
Magnanimidad. Aspirar a metas grandes y nobles. Dirigir no solo para crecer, sino para trascender.
Audacia. Decidir sin garantías absolutas, atreverse con fundamento. No confundir prudencia con parálisis.
Autogobierno. Mandarse a sí mismo antes de mandar a otros. La verdadera autoridad empieza con el dominio personal.
Confianza activa. No solo esperar que confíen en uno, sino confiar primero en los demás. La confianza se contagia, decía.
Veracidad. Decir lo que se piensa. Hablar con verdad, aunque incomode.
Cumplimiento. Hacer lo que se promete. La palabra dada es un contrato personal.
Responsabilidad social. Entender que toda empresa existe para crear valor, servir a la comunidad, desarrollar personas y asegurar continuidad.
Rigor, empatía y humor
Hablar con Llano era entrar a un aula sin paredes. Rigor en el pensamiento, empatía con el interlocutor y, siempre, una chispa de humor.
Recuerdo una sesión en la que, tras una larga disertación sobre ética, alguien le preguntó qué era más importante, si el conocimiento o la prudencia. Sonrió y respondió: “La prudencia… porque el conocimiento sin prudencia es como un coche sin frenos. Avanza rápido, pero no sabes si vas a llegar”.
Ese equilibrio entre profundidad y sencillez era su sello.
Una lección vigente
Hoy, en tiempos donde los directores buscan metodologías nuevas cada semana, su pensamiento es más actual que nunca. Llano nos recordaba que la técnica ayuda, pero que el verdadero impacto viene de la persona que dirige.
No se trata de líderes perfectos —porque no existen—, sino de líderes confiables: aquellos que corrigen sin soberbia, que admiten errores y que respetan a quienes tienen cerca. La empresa que entiende esto construye cultura, no solo procesos.
Ser director es, ante todo, una tarea humana. Antes que profesional, hay que ser persona.
Llano lo decía: “El poder sin virtud es un riesgo; con virtud, es un servicio”.
Quizá el verdadero desafío para cualquier director no está en el tablero de control ni en el reporte trimestral. Está en el espejo, cada mañana. Y ahí está el legado vivo de Carlos Llano, en considerar (y esclarecer) al director como persona.