En el nivel de licenciatura, la UNAM tiene inscritos a más de 231 mil alumnos. Por su matrícula total, se encuentra entre las instituciones de enseñanza más grandes del mundo.
Sus antecedentes se remontan a la Real y Pontificia Universidad de México, fundada en 1551, lo que la vincula con una de las tradiciones universitarias más antiguas del continente.
Desde que la Universidad Nacional de México fue fundada en 1910, por sus aulas han pasado numerosos presidentes de la República, incluida la actual presidenta, Claudia Sheinbaum Pardo.
También estudiaron en ella los tres mexicanos laureados con el Premio Nobel: Alfonso García Robles, Octavio Paz y Mario Molina.
En el QS World University Rankings, la UNAM se ha mantenido durante el último lustro como la universidad mexicana mejor posicionada y, por su oferta cultural, con más de 10 mil actividades al año, es posiblemente la institución académica de mayor influencia en las artes a nivel nacional.
La OFUNAM, su orquesta filarmónica profesional, mantiene temporadas regulares en una sala de conciertos propia de primer nivel, realiza giras internacionales y atrae a directores y solistas de prestigio mundial.
Todo lo anterior permite comprender la gravedad que tiene para el nombre y prestigio de la UNAM, y para el de sus egresados, la falla ocurrida al encomendar a un tercero la aplicación en línea del examen de admisión de más de 150 mil aspirantes sin que el sistema pudiera garantizar plenamente la integridad del proceso.
El daño no se agota en la eventual admisión de personas que hubieran obtenido ventajas indebidas, sino que alcanza la confianza en la institución y en sus mecanismos de selección.
La pregunta que debemos hacernos es cómo remediarlo. Porque no se trata únicamente de un problema circunscrito al proceso de admisión de 2026, sino de la oportunidad de revisar un modelo que desde hace años presenta deficiencias.
La UNAM puede admitir alumnos con carencias académicas importantes y, al mismo tiempo, dejar fuera, por razones de cupo y metodología de selección, a aspirantes con credenciales suficientes para contribuir al prestigio futuro de la propia institución.
El mundo se encuentra, además, en la antesala de un cambio de paradigma educativo y profesional.
El acelerado desarrollo de la inteligencia artificial anuncia una transformación impostergable de la manera en que los individuos desempeñaremos nuestro papel productivo y de las capacidades para las que la educación universitaria ha resultado hasta ahora insustituible.
El futuro demandará habilidades que irán más allá de las que privilegia buena parte de la educación vigente: la acumulación memorística de datos, la capacidad para aplicar fórmulas y organizar procesos mentales o la destreza lingüística para exponer ideas.
Si la información disponible puede ser seleccionada, procesada, transformada y entregada cada vez con mayor eficacia por una máquina, al ser humano le corresponderá desarrollar aquello que resulta mucho más difícil automatizar: criterio, creatividad, empatía, responsabilidad y liderazgo social.
¿Está la UNAM, la institución de enseñanza superior mexicana mejor posicionada internacionalmente, preparada para formar a ese nuevo profesionista?
La educación que imparte la UNAM se sostiene fundamentalmente con recursos públicos y tiene para sus alumnos un costo prácticamente simbólico.
Por ello, a todos nos interesa que cumpla el papel crítico y competitivo que México necesita frente a sus pares en el mundo.
La admisión a una licenciatura de la UNAM debe considerarse un alto logro, que privilegie a los jóvenes con mayores capacidades y preparación.
Ser egresado de la Universidad debería conservar el enorme valor que ha adquirido durante más de un siglo gracias a las generaciones de universitarios que han contribuido al desarrollo de México.
Pero un examen de admisión, por sí solo, difícilmente refleja todas las capacidades de un alumno.
Su trayectoria también se manifiesta en el desempeño sostenido durante la educación secundaria y media superior, aunque cualquier valoración de esos antecedentes debe reconocer las enormes diferencias académicas y sociales existentes entre las escuelas del país.
El problema se agrava porque la UNAM combina mecanismos de ingreso distintos: el pase reglamentado para determinados alumnos de su propio bachillerato y el concurso de selección para muchos otros aspirantes.
Más que enfrentar educación pública contra privada, debería preguntarse si el sistema consigue seleccionar, con equidad y rigor, a los estudiantes con mayor capacidad y potencial, independientemente de su origen escolar, económico o geográfico.
Aplicar exámenes de control a los aspirantes recientemente seleccionados puede atender la emergencia inmediata, pero no repara por sí mismo el golpe a la confianza y credibilidad que sufrió la Universidad con la problemática del último examen de ingreso.
El cambio trascendental llegará cuando se revisen los modelos de enseñanza pública; la metodología para preparar y evaluar a los maestros de educación básica y media superior; y las políticas de acceso a las aulas universitarias, para hacerlas más plurales y verdaderamente nacionales.
Nuestra Universidad merece preservar el prestigio que generaciones enteras construyeron. Y México merece que el acceso a ella permita identificar, formar y potenciar a los mejores estudiantes del país.