El 18 de junio de 1940, apenas cuatro días después de la derrota de Francia, Charles de Gaulle pronunció el célebre discurso en el que se dirigió a sus compatriotas y proclamó: “Invito a todos los franceses, dondequiera que se encuentren, a unirse conmigo” para la recuperación de su país. Se trata de uno de los llamados a la unidad nacional más emblemáticos de la historia contemporánea.
Décadas antes, Ernest Renan había definido a la nación como “un plebiscito de todos los días”, una decisión colectiva de seguir perteneciendo a una misma comunidad de destino. De Gaulle apeló precisamente a ese sentimiento.
Ante los rumores de una eventual intervención extranjera surgidos en fechas recientes, la presidenta de la República ha recordado la letra del Himno Nacional, apelando al soldado que vive para defender a la patria en cada uno de nosotros, hijos de la Nación: “Mas si osare un extraño enemigo profanar con su planta tu suelo, piensa, ¡oh patria querida!, que el cielo un soldado en cada hijo te dio”. La referencia busca despertar ese mismo sentimiento de unidad nacional.
El jueves pasado tuvo lugar un hecho sin precedente: la celebración de la tercera inauguración de una Copa Mundial de Futbol en la Ciudad de México.
Con motivo del evento, tuve la oportunidad de conversar con un empresario invitado al partido como parte de un grupo que acompañó a la delegación de la FIFA. El relato que me compartió pudo haber resultado profundamente desalentador. Hasta el final.
El miércoles, día de su llegada al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, fue hospedado en un hotel de Polanco. A las ocho de la mañana del día siguiente, un autobús lo recogió junto con otros integrantes de la delegación para trasladarlos al Estadio Ciudad de México —el histórico Estadio Azteca, hoy Estadio Banorte—. Lo primero que le sorprendió fue que, después de dos horas de viaje sin salir de la ciudad, el transporte no llegara hasta las instalaciones del estadio, sino que los dejara un par de kilómetros antes, obligándolos a caminar hasta el palco asignado. La experiencia fue recibida con desconcierto y disgusto por los invitados.
A pesar de la magnitud del inmueble y de la importancia histórica que representa para el futbol mundial, la evidente desorganización en la logística de acceso y el deteriorado estado de conservación y limpieza de amplias zonas de la ciudad dejaron una impresión desfavorable entre varios de los asistentes extranjeros.
Ni la ceremonia inaugural resultó memorable desde el punto de vista artístico, ni el encuentro destacó particularmente por su calidad futbolística.
Al término del evento, los invitados debieron caminar nuevamente hasta el punto donde el mismo autobús los recogería para regresar al hotel. Una vez allí, tuvieron que esperar cerca de una hora, en plena vía pública, para que el vehículo pudiera abrirse paso entre el tráfico y llegar hasta ellos. El recuento del traslado de regreso no hacía sino confirmar mi preocupación por la imagen que se llevaban de nuestro país. Después de todo, un visitante extranjero se convierte, quiera o no, en portavoz de la marca nacional frente a futuros viajeros e inversionistas.
Antes de que pudiera interrumpir el relato para expresar mi solidaridad ante aquella serie de inconvenientes y la aparente descortesía con que habían sido recibidos nuestros visitantes, me sorprendió un cambio repentino en el tono de voz de mi interlocutor. Hubo un aspecto que, desde su perspectiva, transformó por completo la experiencia vivida el 11 de junio de 2026.
“Todo se puede soportar —me dijo— con tal de vivir la experiencia de escuchar a todo un estadio cantar al unísono y con absoluta devoción el Himno Nacional”.
Ese reconocimiento a nuestro orgullo nacional eriza la piel.
Las imágenes que circularon al día siguiente, obtenidas en las zonas destinadas a la convivencia de los aficionados —a las que miles de personas acudieron pese a la intensa lluvia de aquella tarde—, mostraban a hombres y mujeres riendo, cantando y celebrando junto a visitantes coreanos y sudafricanos, nacionales de países que comparten grupo con México en esta Copa del Mundo. Son escenas que invitan a una profunda reflexión sobre lo que somos y sobre la imagen que proyectamos al exterior.
Frente a las posturas nacionalistas que exigen a España una disculpa oficial por los hechos ocurridos hace quinientos años durante la Conquista, subsiste un sentimiento mucho más profundo en el corazón de los mexicanos: una disposición genuina a la amistad, a la convivencia y a la fraternidad con otros pueblos. Incluso con aquellos con los que la historia podría haber sembrado distancias, como españoles o estadounidenses.
La sociedad mexicana ha demostrado una y otra vez que sabe reír con intensidad, que es capaz de encontrar la fraternidad humana incluso en medio de las mayores diferencias y que conserva, en el fondo, una bondad auténtica que ningún gobierno puede ni debe borrar.
Aquella muestra de unidad no debe interpretarse como un plebiscito sobre la relación entre el pueblo y sus gobernantes. Es, más bien, el reconocimiento de una hermandad construida a partir de adversidades compartidas a lo largo de la historia; adversidades que persisten a pesar del esfuerzo constante por edificar un futuro de paz y dignidad. El mensaje merece admiración, pero también cuidado. Esa unión no debe traicionarse.
Ese soldado que vive en el alma de cada mexicano, dispuesto a defender a la patria, no encuentra necesariamente a sus enemigos en el extranjero. Es en la fractura de nuestra unidad, en el debilitamiento de la familia y en el abandono de nuestras tradiciones donde pueden encontrarse amenazas mucho más profundas. El mensaje es inequívoco. Si lo trasladamos a las luchas que hoy enfrenta nuestra sociedad, particularmente frente a la criminalidad que amenaza la tranquilidad de millones de familias, aparece una orientación clara sobre el rumbo que debería seguir el Estado mexicano. El enemigo de México no está fuera de nuestras fronteras; con demasiada frecuencia vive entre nosotros y nos arrebata la paz.