El tiempo vuela. A menos de once meses de las elecciones intermedias de 2027, los estudios demoscópicos comienzan a dibujar un escenario muy distinto al que prevalecía apenas hace unas semanas.
Todavía falta un largo trecho por recorrer y cualquier pronóstico debe tomarse con prudencia; sin embargo, las primeras tendencias permiten advertir que la aparente invencibilidad electoral de Morena empieza a mostrar signos de desgaste.
Las encuestas ya no sólo miden la competencia entre partidos políticos. También comienzan a evaluar el peso específico de los aspirantes dentro de una misma fuerza política.
En Morena, por ejemplo, dependiendo del perfil del candidato, las preferencias electorales suben o bajan de manera importante. Ello confirma una vieja máxima de la política: los partidos construyen estructuras, pero los candidatos ganan o pierden elecciones.
La selección de abanderados será determinante. Si el oficialismo se equivoca en la designación de sus candidatos a gobernador, el costo político podría ser mucho mayor del que hoy calculan quienes despachan en Palacio Nacional.
La elección no será menor. En 2027 estarán en juego las gubernaturas de Aguascalientes, Baja California, Baja California Sur, Campeche, Chihuahua, Colima, Guerrero, Michoacán, Nayarit, Nuevo León, Querétaro, Quintana Roo, San Luis Potosí, Sinaloa, Sonora, Tlaxcala y Zacatecas, además de la renovación total de la Cámara de Diputados federal y miles de cargos de elección popular.
Será, en los hechos, el primer gran referéndum ciudadano sobre el gobierno de Claudia Sheinbaum y sobre el desempeño territorial de Morena desde su llegada al poder.
Hasta hace poco, el escenario era ampliamente favorable para el oficialismo. Diversos analistas estimaban que Morena y sus aliados podían conquistar entre 13 o 14 de las 17 gubernaturas en disputa, dejando apenas tres al PAN y una al Partido Verde en caso de competir por separado.
Hoy ese panorama comienza a modificarse. Las primeras mediciones muestran que varias entidades ya no aparecen como triunfos seguros para el partido gobernante.
Estados como Michoacán, Sinaloa, Zacatecas, Campeche y Nuevo León (actualmente de Movimiento Ciudadano) empiezan a registrar una competencia mucho más cerrada de la prevista originalmente. Falta mucho tiempo para la jornada electoral, pero las tendencias revelan que la llamada luna de miel entre el electorado y el oficialismo comienza a agotarse.
Las razones son diversas. La primera es el desgaste natural del ejercicio del poder.
Morena dejó de ser un movimiento opositor para convertirse en el partido responsable de la seguridad, la economía, la salud, la educación, la infraestructura y el crecimiento del país. Los ciudadanos ya no evalúan promesas; ahora califican resultados.
Y esos resultados no siempre acompañan el discurso. La inseguridad continúa encabezando las preocupaciones de los mexicanos; el sistema de salud sigue arrastrando carencias; el crecimiento económico permanece por debajo de las expectativas y varios gobiernos estatales emanados de Morena enfrentan severos cuestionamientos por su desempeño administrativo, financiero y en materia de seguridad pública.
A ese desgaste se suma un segundo factor que comienza a pesar políticamente. Los señalamientos provenientes de Estados Unidos sobre presuntos vínculos de algunos actores políticos con organizaciones criminales han colocado en la agenda pública el tema de los llamados “narcopolíticos”.
Independientemente de que cada caso deberá resolverse conforme al debido proceso y respetando la presunción de inocencia, el impacto político es innegable. La oposición ha encontrado en esa narrativa un poderoso instrumento para desgastar al partido gobernante.
No es casualidad que desde Palacio Nacional se busque cambiar la conversación pública.
Diversos analistas interpretan que las recientes acciones judiciales emprendidas contra personajes vinculados con la oposición, como el exgobernador panista Ernesto Ruffo, forman parte de una estrategia política orientada a equilibrar el costo mediático de los señalamientos que pesan sobre algunos integrantes del oficialismo. Esa judicialización de la política es un búmeran que viene de regreso contra la 4T.
Dentro de Morena, léase Ariadna Montiel y Citlalli Hernández, existe conciencia de que la elección de 2027 será mucho más competida de lo que originalmente se pensaba.
Los próximos meses serán decisivos. La definición de candidaturas, el desempeño de los gobiernos estatales, la evolución de la economía, la estrategia de seguridad y el desarrollo de las investigaciones que mantienen abiertas las autoridades estadounidenses influirán directamente en el ánimo del electorado.
Si hace apenas unas semanas el oficialismo se veía con posibilidades de ganar hasta 14 gubernaturas, hoy esa cifra comienza a ajustarse y nadie puede descartar que continúe reduciéndose conforme avance el calendario electoral.
En política, las victorias del pasado no garantizan los triunfos del futuro.
Las encuestas empiezan a enviar señales de advertencia. Morena conserva la estructura más poderosa del país, pero también carga con el peso de gobernar y con personajes de non grata reputación y puede equivocarse en la selección de aspirantes.