Desde San Lázaro

El sofisma del debate mexicano

La práctica de los debates es una de las expresiones más acabadas para sopesar la valía de los candidatos y sus propuestas.

Mientras que disfrutamos de un remanso de paz en la víspera de las elecciones más grandes de la historia en nuestro país, con más de 20 mil cargos de representación popular que estarán en juego el próximo 2 de junio, se afinan por parte de los institutos electorales la cantidad de debates que, como mínimo deben de realizarse entre los aspirantes a la presidencia de la República, a las gubernaturas, Congreso federal y locales, así como a los ayuntamientos.

El contraste de ideas tan solo es un elemento de muchos, como las pautas publicitarias, las propuestas, entrevistas en los medios de comunicación y redes sociales y todo un cúmulo de herramientas político-electorales —que incluso incorporan la guerra sucia— que componen todo ese entramado que tienen que ver con las campañas políticas.

Sin embargo, la práctica de los debates es una de las expresiones más acabadas para sopesar la valía de los candidatos y de sus propuestas, aunque estas últimas en la mayoría de las ocasiones están plagadas de mentiras.

Reza la propaganda oficial que los debates tienen el objetivo de exponer y confrontar, planteamientos y plataformas electorales, a fin de difundirlos como parte de un ejercicio democrático, bajo un formato previamente establecido y con observancia de los principios de equidad y trato igualitario.

Existen diversos mitos en torno a los debates, como el que va en primer lugar en las encuestas no tiene necesidad de participar en ellos, o de que un grave error en estos puede hundir a determinado candidato, o incluso el rumbo que tomará el debate y sus resultados, dependiendo del sesgo de los cuestionamientos por parte de los moderadores.

Sobran ejemplos sobre los tres casos anteriores, en especial en democracias de otras latitudes, sin embargo, en México podríamos decir que en cuanto a los debates presidenciales, no han incidido en el resultado final de las elecciones.

Debido a un formato muy acartonado y formal que no permite la libre confrontación de ideas, de propuestas y de posturas, los debates presidenciales de las últimas cuatro elecciones, pues ‘nomás’, no han determinado el rumbo final del candidato que se alzó con el triunfo.

Ni Peña Nieto ganó la elección de 2012 por haber triunfado en los debates contra AMLO o Josefina Vázquez Mota, ni López Obrador ganó en los comicios de 2018, por haber ‘arrastrado’ a José Antonio Meade o Ricardo Anaya con su elocuencia.

Lo cierto es que en el tema de los debates estamos muy desfasados con lo que ocurre en otros países, por ejemplo en Estados Unidos, donde se permite la confrontación directa de ideas entre los candidatos y tan solo está acotado para que no se salgan por la tangente o evadan acusaciones y señalamientos puntuales en contra de alguno de los participantes.

Ya desde ahora, en el caso de México, Mario Delgado está cuestionando el primer debate que autorizó el INE para los candidatos presidenciales, porque no le gustó la designación de ITESO como encargado de la selección, las preguntas porque la directora de este Instituto se ha manifestado en contra de la 4T.

Se seleccionó a ITESO como la institución no pública para definir las preguntas, empero, dicen los oficialistas, su directora Rossana Reguillo ha mostrado animadversión contra la 4T por comentarios expresados en sus redes sociales.

Como se aprecia, ya desde ahora se cuidan en demasía los que puntean en las encuestas y los que están en persecución del primer lugar se aferran a que no solo haya más debates, sino que sean más libre la esgrima verbal.

Lo cierto, es estimado lector, no espere mucho de los debates presidenciales; en cuanto a la modificación de los lugares en las preferencias electorales, por tener un formato muy acartonado y acotado que inhibe el libre ejercicio de la libertad de expresión.

En este modelo inacabado del marco legal de las campañas políticas, se requiere una nueva reforma electoral, empero esa será en otro momento, aunque el presidente insista en modificar las reglas del juego al ‘cuarto para las doce’.

El elector está ante el dilema de chutarse cientos de spots, fantasiosas promesas que se quedarán en el olvido, en el cajón de las mentiras, el estiércol que se mandarán entre candidatos; o mejor escuchar y ver los debates para medianamente conocer por quién va a votar.

La mercadotecnia política ha fabricado candidatas perfectas que tienen toda clase de aptitudes y cualidades, cuando en la realidad son simples mortales, más corrientes que comunes, cuyo único mérito es haber estado en el momento y lugar indicado, para que en un caso haber sido destapada; o en el otro, ser inflada por el principal huésped de Palacio Nacional.

Y se privilegia el debate a la mexicana, que tan solo es un sofisma para engatusar a los electores.

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