Venezuela lleva décadas sumida en una crisis social y política. En enero de este año, —con la presidencia interina de Delcy Rodríguez— el país empezó una transición política que no ha estado libre de protestas sociales.
En este contexto de inestabilidad, Venezuela fue azotada por un doble sismo de magnitudes jamás experimentadas en esa región. Con más de 1,450 muertos, 3,150 heridos y estimaciones de hasta 50 mil personas desaparecidas, Venezuela entra en una crisis humanitaria que se agrava con el riesgo de epidemias sanitarias.
La naturaleza no distingue entre países, y este fenómeno geológico —no ocasionado por el cambio climático— se está convirtiendo en una catástrofe humanitaria multiplicada por un Estado con instituciones debilitadas, infraestructura deteriorada y una sociedad exhausta.
Este terremoto vino a sacudir a Venezuela y al mundo en más de un sentido. Nos puso de relieve el impacto de la fragilidad de las instituciones de un país cooptado por la corrupción.
Si bien el sismo no es una consecuencia de acción humana alguna, lo cierto es que el daño se amplifica por años de desinversión en protección civil, códigos de construcción no aplicados y un colapso de servicios básicos.
La vulnerabilidad de Venezuela no es producto del desastre natural, pero el sismo sí amplificó su debilidad.
Sin embargo, hay un resquicio de esperanza: en desastres naturales vemos lo mejor de la solidaridad internacional y en esta crisis fuimos testigo de un despliegue inusualmente alto. Estados Unidos mandó más de 150 millones de dólares; la ONU mandó mil rescatistas en 25 equipos; y más de una decena de países mandaron ayuda humanitaria.
Parece que esta tragedia se ha vuelto una oportunidad diplomática para una Venezuela que busca reinsertarse internacionalmente tras la salida de Maduro.
En ese contexto destaca México, con un envío de 261 elementos de las Fuerzas Armadas y de la Guardia Nacional, 18 caninos y equipo y material humanitario.
México fue de los primeros países en mandar ayuda técnica: el mecanismo empleado por México es el Plan DN-III, que tiene 60 años de historia y se basa en la búsqueda y rescate, evacuación, albergues, recomendaciones y seguridad.
También es de llamar la atención la enorme labor de “Los Topos” y la sociedad civil mexicana, quienes complementaron el esfuerzo estatal de ayudar a las personas tras los sismos, aunado al canto empático de “No están solos”, que hizo vibrar al estadio CDMX minutos antes del partido contra Ecuador.
Así, México no sólo exporta ayuda material, sino un modelo institucional y comunitario de respuesta. De esto estamos hechos los mexicanos, que respondemos solidariamente sin dudarlo.
Venezuela lleva en sus hombros una profunda crisis social que ha derivado en una migración masiva con millones de venezolanos fuera del país. Aunado a eso, la situación de ostracismo internacional combinado con una mala planeación de las finanzas públicas los lleva a experimentar un colapso económico con grandes repercusiones a nivel social.
En este sentido, el doble sismo evidenció instituciones fracturadas: el colapso de los hospitales, la ausencia inicial de equipos de rescate gubernamentales y los saqueos en diversos establecimientos. Síntomas de un Estado que llegó a la emergencia completamente fragmentado.
Venezuela no estaba lista para unos sismos tan intensos, aceptable. Lo que no podemos dejar pasar es que las instituciones de protección civil y de salud estuvieran completamente colapsadas.
La solidaridad internacional como respuesta a desastres climáticos representa un halo de esperanza en la humanidad. Sin embargo, esta no sustituye la reconstrucción institucional de un país tan frágil.
Que la crisis en la que está inmersa ahora Venezuela nos sirva de recordatorio para entender que la tierra tiembla por su propia lógica, pero quién sobrevive y cómo se reconstruye, es un punto de encuentro de decisión humana e institucional.