La semana pasada se viralizaron publicaciones de Javier Chicharito Hernández en las que afirmaba que las mujeres están “fracasando” al intentar “erradicar la masculinidad”. Por supuesto, la indignación pública no se hizo esperar.
Adicionalmente, la Federación Mexicana de Futbol impuso una multa al jugador; diversas fuentes reportaron su expulsión de las Chivas; y la marca deportiva Puma, patrocinadora del futbolista, canceló su exclusividad y se deslindó de los comentarios del jugador.
Con posterioridad, Hernández publicó un mensaje en el que lamentaba “cualquier confusión o malestar” que sus palabras hayan ocasionado y aseguró estar dispuesto a expresarse con mayor responsabilidad en adelante.
Así que: gracias, Chicharito. Si bien reflejaste un profundo desconocimiento del patriarcado como sistema estructural que coloca a las mujeres en desventaja frente a los hombres, en ámbitos que van desde la brecha salarial por el mismo trabajo hasta violencias extremas como los feminicidios; si bien revelaste la persistencia de estereotipos sexistas que limitan el desarrollo pleno de las personas, especialmente de las mujeres; si bien intentaste perpetuar una visión reduccionista y obsoleta al sostener que limpiar es una “misión natural” femenina reforzando discursos que trivializan la desigualdad de género y apelan a una supuesta “crisis de la masculinidad”; aun así: gracias.
Porque tus palabras no son un caso aislado, sino un síntoma más de un fenómeno mucho más amplio. Estas narrativas son parte de una tendencia global en la que ideas misóginas, autoritarias y ultraconservadoras ganan terreno, desde el poder político hasta espacios digitales como la manósfera o el movimiento incel, donde miles de jóvenes —mayoritariamente hombres— encuentran validación para su odio hacia las mujeres.
Entonces: gracias, Chicharito, porque hiciste un revuelo que permite recordar la importancia de la lucha feminista y advertir que no hay batallas definitivamente ganadas. Sobre todo, porque viniendo de un jugador de futbol —y en vísperas del siguiente mundial que tendrá sede parcial en nuestro país—, nos permite señalarte como parte de una cultura que minimiza agresiones y normaliza el abuso de poder en todos los niveles del deporte. Particularmente en el soccer, donde aún persiste una profunda brecha salarial de género y donde el acoso sexual se comete con descaro.
El futbol, como fuerza cultural de gran influencia más allá de la cancha, debe transformarse en un espacio comprometido con la igualdad y el respeto. Apostar por un futbol feminista es una estrategia clave para incidir en lo cotidiano y avanzar hacia una sociedad que rechaza la violencia y la discriminación en todas sus formas.
El avance de discursos ultraderechistas también es consecuencia del fracaso de gobiernos y movimientos de izquierda para traducir sus ideales en transformaciones reales en la vida cotidiana de las mayorías. Esa desconexión ha dejado un vacío que es rápidamente ocupado por mensajes reaccionarios que se presentan como “sentido común” o “rebeldía”, cuando en realidad son una regresión peligrosa. Por ello, frenar y reprender discursos como los de Hernández no solo es conveniente para todas y todos, sino necesario en términos políticos.
Así, permitir que se perpetúen estos mensajes aumentaría las desigualdades y debilitaría aún más el vínculo entre los principios de justicia social y la experiencia diaria de la gente. Combatir el machismo no puede quedarse en la corrección política o en redes sociales; debe ser un punto de encuentro y una prioridad para frenar el avance de fuerzas que niegan derechos conquistados por las mujeres y promueven activamente su retroceso. En este sentido, acciones como la instalación de una red de abogadas para acompañar a mujeres víctimas de violencia o la pensión para mujeres cuidadoras son pasos concretos que deben profundizarse y visibilizarse como parte de un proyecto de justicia social con perspectiva de género.