Cuando era niño, sentía en mi corazón dos sentimientos contradictorios: el horror de la vida y el éxtasis de la vida. Mi corazón al desnudo, Charles Baudelaire.
Lo primero que aprendí sobre el francés Charles Baudelaire (1821-1867) es que fue un poeta en desesperada búsqueda de la belleza, mi entonces profesor de literatura, con admiración por el artista, nos mostró también que fue gran explorador de las dualidades: violencia y placer, bien y mal, belleza y fealdad, cielo e infierno. Para comprenderlo mejor nos pidió investigar el contexto social, político y económico del autor y claro, su vida. En clase elegíamos un poema, nos deteníamos en cada línea hasta revelar a veces los pensamientos y emociones de Charles, a veces su historia y la de su país; en Las Flores del Mal, Los Paraíso Artificiales o en Pequeños poemas en prosa, no solo descubríamos una abrumadora belleza, sino su postura en contra de la Ilustración y la moral burguesa, sus críticas a ideas de modernidad, de libertad política, de progreso social o de la bondad natural del hombre. Ese profesor logró apasionarnos a partir del asombro, de súbitas comprensiones a las que casi con desesperación nos dedicamos por días. Él nos enseñó muchas cosas más sobre el poeta maldito y sus métodos originales, recuerdo la fascinación por la sinestesia, las sensaciones que hasta hoy provocan esas equivalencias sensoriales: “que el calor haciendo visibles los perfumes, los eleva hacia el astro como copos de humo”.
Casi al mismo tiempo tuve otro acercamiento a Charles Baudelaire, pero no a través de su poesía, sino de su enunciación como figura emblemática de una comunidad de jóvenes que compartían una sombría percepción de la existencia y que al igual que el poeta, vestían de riguroso negro: los góticos de la Ciudad de México. Lo admiraban, sabían los detalles más escandalosos de su vida y los compartían con admiración, por supuesto, veían como acto victorioso el que se le condenara por el delito de ofensa contra la moral pública por la publicación de Las Flores del Mal en 1857. Los góticos recitaban poemas completos de memoria y procuraron su réplica en incipientes páginas web y fanzines. Con la vida y obra de Baudelaire apuntalaron la identidad de una comunidad que como el poeta, buscaba la belleza desde lo más oscuro de su propias entidades y épocas; para ellos no solo era el referente que rompió con la poesía tradicional o el precursor del simbolismo y la poesía moderna, era un rebelde cuyos recursos eran útiles para expresar la dualidad de su propio y muy particular mundo gótico.
Lo que aprendí sobre Baudelaire en mi adolescencia aún me parece la clave para entender la fascinación que hasta hoy provoca como poeta y disidente, son además motivos para regresar a él en el marco del bicentenario de su nacimiento, como lo harán María Andrea Giovine y Vicente Quirarte en Nuevos perfumes, colores y sonidos, un diálogo que sostendrán este viernes a las 17 hrs. por la cuenta de Facebook del Instituto de Investigaciones Bibliográficas.