Arriba, tres trascavos, principalmente el habilitado como enorme taladro, destruyen algunas de las enormes rocas que hace 19 días aplastaron varias viviendas y cegaron la vida de cuatro personas que hoy descansan bajo la sombra de “El Chiquihuite”.
Sólo unas calles abajo, la solidaridad de algunos vecinos continúa, se esmeran en proporcionar alimentos a policías y a todo aquel que solicite un taco. Más abajo, la vida sigue casi sin ningún cambio y a esa velocidad que hace difícil reconocer el pasado por más reciente que sea.
El reloj marca la 13:45, una mujer grita que la comida está lista. A varios uniformados se les alegra el rostro, no a los de la Guardián Nacional que son responsables del acceso a la zona cero. Se mantienen en su sitio. Afirman que por seguridad nadie pasa, sólo los habitantes de la zona y a quienes autorizan las autoridades responsables.
No hay paso ni para periodista. Algunos usan drones para sortear la prohibición, otros hacen uso de potentes lentes en sus cámaras, pero la escena es gráfica: quienes mandan allá arriba son los máquinas, ellas rompen el silencio de una de las zonas habitadas más altas del Valle de México.
Ya son miles las toneladas de materiales que son utilizados para asentar la zona, pero todos saben que nada será igual, por lo menos para las familias que no están dispuestas a dejar su hogar a pesar que su vida corra peligro.
Al fondo se escucha los golpes del metal sobre las rocas y una canción que no deja de ser sujerente: “Fue un 19 de septiembre cuando empezaba a amanecer...”