En mi trayectoria como asesor de empresas familiares y medianas a lo largo de América Latina, existe una particularidad en México que siempre me ha llamado la atención: es la clara conciencia de que las estructuras de gobernanza —protocolos, consejos de administración, comités— no son un adorno corporativo, sino un requisito para competir y sobrevivir.
En mi experiencia, cualquier compañía mexicana que supera los 100 empleados —familiar o no— ya comienza a plantearse seriamente la necesidad de contar con mecanismos de institucionalización. Esto refleja la intención de hacer las cosas bien y, sobre todo, el conocimiento de que existen los medios para lograrlo.
Ahora bien, hay que decirlo con claridad: la gobernanza es necesaria, pero no suficiente. Los instrumentos ordenan la participación, regulan la toma de decisiones y evitan arbitrariedades. Pero ningún protocolo, por impecable que sea, decreta vínculos ni resuelve resentimientos. Nunca hay que subestimar el poder de los lazos humanos.
La continuidad de una empresa familiar avanza sobre dos rieles paralelos: uno, efectivamente, es la institucionalización. El otro es la armonía familiar y societaria. Si uno se quiebra, el tren descarrila.
Es fundamental actuar con la misma determinación para cultivar la armonía. Y para eso hay tres pilares estratégicos en los cuales apoyarnos:
1.- Identificar y legitimar los “roles puente”: En toda familia existen personas con un don natural para conectar, empatizar y mediar. Son los arquitectos de la armonía, aquellos que fortalecen los vínculos sin necesariamente tener un cargo en el organigrama. Identificarlos, reconocerlos y potenciar su rol es crucial. Son tan estratégicos para la cultura familiar como lo es el líder comercial para las ventas.
2.- Elegir las batallas que vale la pena pelear: No se trata de acceder a todo ni de pelear cada punto de discordia. La sabiduría directiva radica en discernir qué asuntos son fundamentales y cuáles son prescindibles. No se debe arriesgar la reina por un peón. Preservar la relación a largo plazo a menudo es más valioso que ganar una discusión puntual.
3.- Alinear incentivos: “el dinero no es todo… pero ayuda”. Empresas rentables que distribuyen dividendos tienden a tener socios más satisfechos. La falta sostenida de dividendos (uno o dos años) aumenta el cuestionamiento y erosiona el compromiso. La armonía no se compra con dinero, pero la tensión por resultados la rompe más rápido que cualquier discusión.
La armonía no solo favorece la continuidad del negocio: aporta satisfacción vital y bienestar a las familias empresarias. Es el intangible que permite disfrutar lo construido, compartirlo con orgullo y transmitirlo a la siguiente generación.
En las empresas familiares que perduran, los rieles van paralelos: institucionalización robusta y vínculos cuidados.
Ese equilibrio no solo evita pérdidas invisibles; crea velocidad, libera decisiones y sostiene el valor en el largo plazo. Y, lo más importante, ilumina el trayecto: demuestra que competir y crecer puede hacerse sin dejar de lado lo que más vale —la armonía que sostiene a la familia y le da sentido a la empresa.
El autor es es empresario, autor, speaker y consultor especializado en empresas familiares y empresas en crecimiento. Es coautor del libro “Pasar las Riendas” junto a su padre, y autor de “De hijos a líderes”. Es socio y segunda generación en Quirós Consultores, un estudio de asesoramiento con más de 40 años de trayectoria en Argentina.