Las plataformas digitales para pedir comida garantizaban que Glotón Fisgón jamás se quedaría con hambre, hasta que llegó el sábado 23 de agosto.
Entonces confirmé lo que intuía: Cuando la tecnología falla no se anda con medias tintas y como Uber México, que dirige Gretta González, ha eliminado el factor humano para resolver situaciones inesperadas, su servicio es más cuadrado que un cubo de Rubik.
El sponsor y yo veníamos de regreso de una comida que ofreció Sofía Cruz, entusiasta cocinera tradicional de Morelos, quien me invitó a la celebración de su cumpleaños en su restaurante Mashihua de Cuautla, Morelos.
Cruz preserva las recetas tradicionales de su estado y luego escribiré sobre su propuesta gastronómica; aunque no omitiré que las carnitas, las costillas de cerdo en mole verde, el pollo en mole rojo y los tamales han sido de los mejores que he probado.
El ágape inició a las 2:30 pm, seguido de un espectáculo musical incluidos los bailes mexicanos; desafortunadamente, la inseguridad es una realidad en Cuautla y salimos a las seis de la tarde para tomar con luz la carretera México-Cuernavaca.
¿Quién es el algoritmo?
Cuando llegamos a la casa, a las 9:30 pm, dado que las lluvias y el drenaje de la CDMX hicieron de las suyas, ya teníamos hambre y como el sponsor es fan de Uber Eats, hicimos un pedido a Niza Pedregal a través de su aplicación verde.
Sus tortas de pierna son notables, la carne de cerdo horneada lenta y concienzudamente alcanza el punto perfecto entre cocción y suavidad.
Una baguette crujiente abraza también a las rebanadas de tomate, de aguacate y unos chiles encurtidos crocantes que son el remate perfecto antes de abrir una botella de tinto y seguir viendo una serie de Netflix en una noche lluviosa.
La moto estaba a punto de entrar a la cerrada de mi casa, según la aplicación, cuando ¡pum!, la imagen desapareció de la app.
Llamé a la caseta de seguridad y el guardia me informó que había llegado el repartidor, pero que ya se estaba retirando porque habíamos cancelado el pedido.
No deje que se vaya, imploré, como quien perderá a un ser amado; el vigilante haciendo uso de todos sus recursos logró que el repartidor se acercara a nuestra puerta.
Entonces inicié una discusión bizarra, pues el joven aseguraba que nosotros habíamos cancelado el pedido, lo cual era falso, y cuando le pedimos que llamara a Uber Eats, dijo que era imposible porque se lo impedía el algoritmo.
¿El algoritmo? Según Wikipedia, eso es “un conjunto de instrucciones o reglas definidas, ordenadas y finitas que permite solucionar un problema”.
¡Hablemos a su oficina!, insistí.
“No puedo”, respondió el repartidor.
Entonces llamé a tortas Niza y allí me respondieron que no les quitara el tiempo, porque habíamos hecho el pedido vía un intermediario que era el único con el que tenían responsabilidad.
Mientras tanto, el algoritmo, el robot u otro ente digital, estaba atosigando al repartidor para que se fuera a atender a alguien más; pero antes de que nos abandonara le dije que era increíble que no pudiera resolver este asunto entre personas y con tristeza vi como mi torta se alejaba.
Iniciamos la queja correspondiente a través de la aplicación y, al mejor estilo de un banco, apareció un contador digital, señalando que debería esperar 35 minutos para ser atendida.
Mientras esperábamos preparé unas quesadillas como último recurso para no irnos a la cama como niños castigados y con el estómago vacío, media hora después, un robot inició otra conversación absurda conmigo.
El clímax ocurrió cuando el algoritmo se puso necio e insistía en devolverme el dinero en créditos de Uber, en lugar de abonarlo a mi tarjeta.
Finalmente escribió: “Entiendo tu molestia, sin embargo, mi intención es ayudarte por la mala experiencia que tuviste con el socio repartidor”.
Así es que mi reembolso se reflejará en 10 días hábiles, aplicándome, además, un castigo de 70 pesos, por haberme dejado sin cenar y por financiarse dos semanas con mi dinero.
Que siempre sí
Era medianoche cuando el repartidor regresó con el pedido, dispuesto a dejarlo si se lo pagábamos en efectivo; de lo contrario tendría que buscar a un indigente para dárselo, según marca la “generosidad” de Uber, lo que no era viable debido a que estaba lloviendo.
Su descaro fue infinito cuando me dijo: Me pegó mucho su frase de que no podíamos resolver esto como personas, así es que si me paga los 800 pesos le dejo su torta, a lo que me negué rotundamente. Seguramente me hubiera pedido una foto de mi cara famélica, para mostrarme como la indigente beneficiada.
Finalmente me quedó la sensación de que esa alianza entre robots, algoritmos y vivales será una pesadilla interminable si la ley no castiga con firmeza a quienes cometen tantos abusos.