Monterrey

César González: Cuando la nómina paga los errores ajenos

Tenía pensado dedicar esta columna a darle continuidad a “Copiar no es estratégico”, publicada el pasado 18 de noviembre, y hablar de cómo las empresas de la región están absorbiendo (o sufriendo) el efecto de copiar modelos como el “Black Friday” sin entender el contexto. Pero la inspiración no me duró ni tres días; se evaporó con el egregor creado desde la frustración compartida de miles de empresarios de todos los sectores y tamaños de la región cuando se enteraron de que el gobierno estatal anunció su intención de incrementar el Impuesto Sobre Nómina.

Sabemos que el “nuevo” gobierno se ha enfocado mucho en preparar a la región rumbo al Mundial, del cual se espera una buena derrama económica. Sí queremos infraestructura, por supuesto. Pero la queremos bien hecha y diseñada para perdurar, no soluciones a medias que luego salen más caras.

Y no lo menciono al tanteo: basta ver la magna obra del Metro y las omisiones en su diseño estructural. Cuando ves que levantan columnas que bloquean el drenaje y aparentan olvidar que la ciudad tiene veneros naturales que tarde o temprano terminarán erosionando la construcción, no solo están creando un riesgo innecesario: también están destruyendo la poca confianza que quedaba en quienes deciden sobre el erario.

A la par, el gobierno gasta en publicidad masiva presumiendo una inversión histórica en infraestructura, por lo que el anuncio del incremento de un punto porcentual al impuesto que grava al empleo formal manda un mensaje claro: alguien está gastando por encima de lo planeado y la cuenta se la quieren pasar a la nómina.

La queja empresarial no se quedó en redes sociales, grupos de WhatsApp o sobremesas de comidas de negocios: hubo coordinación y respuesta al gobierno. CAINTRA Nuevo León, COPARMEX Nuevo León, CAPROBI, CANADEVI Nuevo León, INDEX Nuevo León y CANACO Monterrey salieron públicamente en representación del sector empresarial para rechazar el incremento.

Y no es una queja política. Son organizaciones formadas por personas que vienen de empresas de distintos sectores e industrias: manufactura, exportación, comercio organizado y desarrollo de vivienda; es decir, buena parte de quienes arriesgan capital, pagan nómina y sostienen la base de empleos formales en el estado. El mensaje central es claro: subir el Impuesto Sobre Nóminas, en este contexto, se lee como un castigo al empleo formal.

Pero más allá de los comunicados, viene la parte incómoda: si mañana se aprueba subir el ISN de 3% a 4%, ¿qué significa en pesos y centavos para una empresa de la región?, ¿de dónde va a salir ese punto porcentual extra: del margen, de la inversión… o de la gente? Ahí es donde, otra vez, toca dejar de mirar solo hacia afuera y revisar a fondo qué traemos adentro de la empresa.

El detalle es que, ante un anuncio así, no todas las organizaciones reaccionan igual. Un corporativo con presencia global tiene áreas de finanzas, fiscal, planeación y recursos humanos que pueden sentarse una semana a simular escenarios, renegociar contratos, ajustar beneficios, mover inversiones entre plantas o incluso compensar el golpe con eficiencias en otros países. No les encanta el incremento, claro, pero tienen con qué defenderse.

Pero para las pymes, esas que generan 6 de cada 10 empleos en el estado, la realidad es otra. El “análisis de impacto” muchas veces cabe en una servilleta: una nómina mensual de un millón de pesos, un punto porcentual extra son diez mil pesos más al mes, ciento veinte mil al año. En el papel es una cifra fría; en la operación es el sueldo de un supervisor, el aguinaldo de varios colaboradores o la diferencia entre cambiar una máquina este año… o rezarle para que aguante otro más.

Independientemente del tamaño, el problema de fondo es similar: ante este tipo de golpes solemos reaccionar desde los extremos. Desde lo técnico, la tentación es responder con fórmulas rápidas: subir precios “tantito”, recortar gastos donde se pueda, congelar inversiones. Desde lo humano, la reacción puede ser peor: bajar prestaciones “temporalmente”, frenar contrataciones aunque la carga de trabajo siga creciendo, cargarle más responsabilidades a los mismos de siempre. Todo eso puede dar oxígeno en el corto plazo, pero también erosiona la confianza, la formalidad y la productividad que tanto decimos defender.

Si el gobierno decide encarecer el empleo formal, la respuesta no puede ser operar en automático ni caer en la informalidad disfrazada. No se trata solo de pagar o no pagar un impuesto, sino de preguntarnos cuánto valor real estamos generando por cada peso que invertimos en nómina.

Esa conversación duele porque obliga a hacer preguntas incómodas: ¿tenemos gente apagando incendios todo el día porque el proceso está mal diseñado?, ¿seguimos produciendo líneas que ya no dejan margen solo por costumbre?, ¿estamos entrenando a nuestros mandos medios para liderar el cambio o nada más para pasar lista y entregar reportes? Un punto más de Impuesto Sobre Nómina puede ser el pretexto perfecto (y muy caro) para dejar de administrar inercias y empezar a rediseñar el trabajo.

Al final, el Congreso decidirá si el ISN sube de 3% a 4%. Eso está, en buena medida, fuera de nuestras manos. Lo que sí está en nuestro control es qué tan vulnerables llegamos a ese escenario. Un impuesto puede castigar al empleo formal, pero es la forma en que diseñamos nuestros procesos, desarrollamos a nuestra gente y tomamos decisiones lo que define si ese castigo nos dobla… o nos obliga, por fin, a construir empresas más inteligentes, más humanas y, sobre todo, más resilientes a nuestros propios gobiernos.

¡Hasta la próxima!

El autor es consultor en Excelencia Operativa y autor del libro Habilidades Híbridas. En su día a día ayuda a empresas a mejorar procesos, calidad y resultados. Desde Entropía Estratégica une casos reales y datos para ayudar a decidir con claridad.

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